Los señalamientos que se hacen contra la corrupción son escuchados por las autoridades competentes como oír llover, puesto que es absoluta la indiferencia, aun cuando hay pruebas contundentes e irrefutables de que se actuó en contra de los dictados de la misma Constitución de la República.
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El ejemplo que se da a la población, especialmente a los jóvenes de Guatemala, es que la picardía paga y que la ley es simplemente un adorno en este país carente de Estado de Derecho y de respeto a la legalidad.
Probado está que un Viceministro asumió su cargo con impedimento constitucional para el desempeño del mismo y, sin embargo, todo mundo sigue tan tranquilo y su jefe, el Ministro de Comunicaciones, tiene el descaro de decir que le va a preguntar a él porque es el encargado del tema, sobre cómo se ha manejado el pago de la deuda a la empresa de la que aún al día de hoy sigue siendo mandatario legal con representación. En otras palabras, el Ministro nos está dando la razón en el sentido de que el puesto que desempeña el Viceministro es precisamente la clave para manejar el tema crucial del pago de la deuda a los contratistas y personeros de la empresa para la que trabajó durante años me han dicho que les deben tanto dinero que están tramitando un préstamo.
La verdad es que uno se harta de estar literalmente arando en el mar, puesto que se gana enemistades constantemente por señalar la realidad de un sistema en el que nadie pasa sin saludar al rey. Los fideicomisos, las ONG y otras prácticas similares son una prueba contundente de cómo es que se manejan las cosas en nuestro país y todos lo sabemos, pero al final con nuestro silencio e indiferencia lo terminamos avalando porque es un hecho que el sistema está diseñado para robar, para que exista el tráfico de influencias y los compadrazgos, pero obviamente la ciudadanía no tiene empacho ni problema con ver cómo es que se hacen las cosas en el sector público en su trato con las empresas del sector privado.
Uno que otro ciudadano, uno que otro diputado, se preocupan por el tema y tratan de impulsar normas que pongan freno a esos vicios administrativos. Por supuesto que es más cómodo decir que ya estamos hasta el gorro con tantas leyes y que no hace falta más legislación, pero existen vergí¼enzas inocultables como la ausencia de una norma contra el enriquecimiento ilícito que debieran sacudir la conciencia de todo el país y, sin embargo, el proyecto que tipifica ese delito sigue y seguirá durmiendo el sueño de los justos.
El actual ministro y viceministro de Comunicaciones seguirán en sus puestos respondiendo a los intereses que los colocaron en esa posición. No se sorprenda nadie que al terminar el período de gobierno, el segundo vuelva a su viejo puesto en la firma constructora de la que es al día de hoy mandatario. La desfachatez es parte de nuestro modo de ser y de la forma en que se ha operado en el país. Hace pocos días un ex ministro de Comunicaciones en uno de los gobiernos que desmantelaron el Estado, me decía indignado que hay que hacer algo porque los «shumos» están saqueando al país. Para él el pecado no es el negocio, sino que lo hagan advenedizos que no tienen el pedigrí que la sociedad les asigna a ellos.
Pero, repito, esa doble moral que apaña el trinquete elegante y condena el gavetazo burdo, es parte de una sociedad que con hipocresía encara la realidad.