Cómo comerse el pastel y conservarlo al mismo tiempo


De entrada es obvio decir que la frase que titula el presente resulta absurda o sin sentido, sin embargo tratar de resolver una contradicción permite abstraer la realidad para comprenderla mejor y se logra romper con lí­mites o prejuicios. Comerse el pastel sin querer hacerlo es como querer introducir un cubo en un agujero circular, jamás se podrá hacerlo salvo por la fuerza, pero la vida moderna que es diluida y fugaz transita así­, entre la acción y la negativa de la misma, queremos hacer algo pensando de antemano que como podemos dejar de hacerlo, para pasar a lo siguiente. La transitoriedad de las relaciones sociales en este mundo de hoy que sucede en el instante de un click o un delete es la consecuencia directa del sistema de acumulación masiva que permeó todo a su paso, por supuesto se incluyen las relaciones que se volvieron transacciones. El tiempo de las relaciones se ha vuelto más y más relativo así­ como la calidad de las mismas porque la interacción tiende más y más a la individualización; los ví­nculos ocurren como prerrogativas que el individuo tiene y mucho menos como resultado del compromiso o de la espontaneidad que ya no tiene espacio desde que existe Facebook o Twitter, que nos resguarda y nos protege de justamente eso, relacionarnos.

Julio Donis

De hecho existe una alta posibilidad que la persona del otro lado de la computadora sea cualquiera, porque las identidades se fabrican a conveniencia para resguardar la propia realidad por más mala o buena que esta sea. Se conoce a alguien esperando no haberlo conocido o amparados en la seguridad que la relación no será comprometida sino circunstancial, para salir rápidamente de la misma. Se implementan relaciones sin necesariamente esperar correspondencia, porque se impone sobre el largo plazo la facilitad de su conclusión. Estoy aludiendo por supuesto, a relaciones en el sentido amplio, de parentesco, relaciones de pareja, institucionales, de amistad, etc. En este sentido la interacción entre seres sociales cada vez es menos relación y quizá vaya siendo más adecuado pensar en el concepto de ví­nculo, que alude de mejor forma las caracterí­sticas de tener contacto a discreción, con el otro. El ví­nculo se establece sólo sobre el interés inmediato que representa y no sobre un abanico de posibilidades de la construcción social de la relación. En suma, los ví­nculos son más cercanos al acto de consumo porque permite desechar lo que se adquiere y adquirir uno nuevo.

En el caso de los ví­nculos institucionales, tomemos el ejemplo de los laborales. La supuesta liberalización de la economí­a conllevó a la eliminación sistemática de los derechos del trabajador que a su vez fueron transformando las responsabilidades patronales o de la empresa, para despojarse de «cargas» que generaban «costos» que se podí­an ahorrar. La reingenierí­a terminó con el pasivo laboral y la seguridad social, para dar paso al contrato por servicios y la póliza de seguro privado. El ví­nculo laboral se volvió frágil y efí­mero. En el caso de las relaciones de pareja tampoco están salvas de la dilución del mundo moderno. Un conecte es eso, algo que se puede desconectar, y como tal los ví­nculos suceden más en la cómoda virtualidad del ciberespacio que cara a cara. Se aspira a tener varios ví­nculos como trofeos y se evita la confrontación de la relación. Esa levedad permite terminar una relación por teléfono o con un mensaje de texto porque este rasgo de las relaciones ha transformado la noción del tiempo en que podrí­a suceder la misma. Las relaciones son efí­meras, transitorias y circunstanciales en el sentido exacto de las palabras y en la concepción consumista del efecto producido, y esto afecta tanto a la pareja tradicional que se alimenta de posesión, codependencia, celos, anulación y violencia, del tipo hasta que la muerte nos separe, precipitando su rompimiento; pero también se devela la falsa aspiración de las parejas abiertas tipo alternativas, que evitan el ahogo de una sola para transitar por otras, lejanas muy lejanas de una idea revolucionaria de una nueva concepción de las relaciones de poder en la pareja. El efecto en la pareja homosexual es vulnerabilizar aún más su condición por demás discriminada por una sociedad conservadora. En este contexto, la parafernalia anual del dí­a de kariño con K de capital se comprende más como una invitación al ví­nculo consumista que al reto de relacionarse con todo lo que eso conlleva.