Colombia cayendo en la trampa


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No podía creer lo que leía el pasado martes en uno de esos cintillos de un noticiero en línea; primero aparecía un titular comentando el comunicado de agradecimiento que las FARC hacían ante la reciente dimisión de Benedicto XVI como máxima autoridad de la Iglesia Católica.

John Carroll


Agradecían las gestiones de su Santidad para acercar a las partes en el nuevo intento que Colombia hace para poder negociar la paz firme sobre un conflicto que empezó a principios de la década de 1960 y esperaban recibir el mismo apoyo del nuevo pontífice.  Inmediatamente,  en el cintillo próximo se anunciaba el cruento ataque terrorista en un pequeño poblado colombiano localizado en el municipio de Miraflores, departamento de Guaviare.  El ataque dejó como saldo unas 15 personas heridas y las lamentables muertes de un policía de la localidad y un pequeño niño de 10 diez años.  Los muertos y los heridos fueron alcanzados por los daños de un apartado explosivo accionado por las FARC.
Ver las dos noticias juntas me molestó muchísimo y solo pude pensar en reafirmar las ideas y opiniones que tenía desde hace tiempo con relación al proceso de paz en el que el presidente Santos se ha embaucado con los farsantes líderes del movimiento terrorista.  Es evidente que los señores de las FARC son unos grandes hipócritas porque por un lado supuestamente acuden a un líder religioso de esa categoría con el objetivo de lograr la paz y por el otro no se detienen en sus actos bárbaros y sangrientos asesinando a un valioso hombre uniformado al servicio de la comunidad y a un inocente chiquillo que no tiene ni idea todavía de cuáles son las razones por las que esta gente anda por allí perpetrando crímenes sin inmutarse.
Mi consejo para el pueblo colombiano es que no caiga en la trampa en la que, en el año 96, caímos los guatemaltecos por babosos.  Claro que cincuenta y tantos años de enfrentamiento armado y con períodos espeluznantes de violencia rural  citadina son espantosos e inaguantables, pero eso no significa que firmar la paz es necesariamente bueno. Tengo que confesar que entonces me emocioné con la firma de los Acuerdos de Paz en Guatemala porque parecía que era un alivio que por fin llegaba. Pero también debo  confesar que poco más adelante,  cuando pude analizar más a fondo y de una manera más objetiva el asunto, me pareció totalmente innecesario y negativo esa negociación con criminales.  Además de que los acuerdos cuentan con una precaria base legal y por lo tanto una bajísima credibilidad social y poco sustento político.  Los señores de la guerrilla guatemalteca solicitaron, ni lentos ni perezosos, la intervención de gobiernos como el noruego e instituciones como la Iglesia Católica para que sirvieran de mediadores. Lamentablemente ese estrecho vínculo entre estos países e instituciones y la guerrilla guatemalteca sigue al día de hoy siendo un talón de Aquiles para el frágil cuerpo de la sociedad guatemalteca.
Si quieren los señores colombianos tomar una muestra de lo que les sucederá si “negocian” y firman la paz con estos terroristas hipócritas y desalmados pueden venir a visitarnos aquí a Guatemala y tomar nota de cómo el financiamiento y apoyo logístico de instituciones que en su momento fueron “mediadoras” sigue fluyendo actualmente hacia los mismos grupos terroristas pero ahora con miembros disfrazados de políticos defensores de supuestos derechos humanos.
El negocio de esta gente ahora es el de seguir creando conflictos sociales para que sus encopetados miembros continúen viviendo de la caridad internacional a base de rentas que están desde hace años muy mal acostumbrados a recibir.  Dentro de algunos años estarán, como nosotros, viendo impávidos, como se monta una cacería de brujas contra los soldados que pelearon con la ley en la mano y como se sube a los altares políticos a criminales guerrilleros con todo el apoyo solapado de la comunidad internacional. De pronto los delitos descarados como el de impedir la libre locomoción, invadir y dañar la propiedad privada y asesinar durante protestas “sociales” se convierten en acciones impunes del día a día.  Colombianos por favor, no caigan en la trampa.