Hoy es día de fiesta y algarabía en el entorno del nuevo Presidente, el ingeniero ílvaro Colom, y se acarician sin duda sueños de grandes éxitos y realizaciones, pero a partir de mañana la población empezará a medir si como roncan duermen y si todos esos años de preparación que debe haber tenido el nuevo gobernante desde que se postuló por vez primera para Presidente de la República, hace ya más de ocho años, sirvieron para algo. Serrano, Arzú, Portillo y Berger tuvieron cada uno cuatro años para prepararse porque todos ellos llegaron en su segunda intentona por alcanzar el poder y para Colom la tercera fue la vencida, como decíamos de patojos.
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Las dificultades que tuvo para integrar su gabinete dan una idea de que al menos en lo que se refiere a la conformación de cuadros para asumir la magna tarea de administrar la compleja cosa pública no se había preparado lo suficiente. Y es que una cosa es prepararse para ganar una elección y otra muy distinta prepararse para gobernar al país. Si bien no se puede hacer lo último sin lo primero, las diferencias entre las cualidades de un candidato y las cualidades de un estadista son a veces diametralmente opuestas.
En todo caso, Colom tuvo, antes de lanzarse a la arena política, buena experiencia en la administración pública en la que debutó con Serrano Elías y perduró hasta los tiempos de ílvaro Arzú, lo que da una idea de que es alguien que debe conocer los vericuetos del poder y las dificultades intrínsecas que entraña su ejercicio. En otras palabras, se puede pensar que en él están combinados los factores que requiere un buen político, es decir, la habilidad para galvanizar el respaldo de la población y el conocimiento para tomar las decisiones más convenientes para el país.
Pero el tema más importante, al margen de las características personales del nuevo Presidente, está en que Guatemala es un país con enormes rezagos sociales, con demasiado tiempo perdido en materia de desarrollo humano y por ello es que sostengo que Colom no puede darse el lujo de perder ni un minuto de su tiempo porque cuatro años se pasan volando y lo que no se hace al principio, cuando se tiene más poder y ese beneficio de la duda que amplía la capacidad de maniobra, no se hace después cuando todos se van acomodando y los poderes reales, que en teoría debieran estar ahora agazapados (aunque algunos sostengan que ya se colocaron), recuperan todo su potencial.
Cierto es que cien días iniciales son muy poco tiempo para esperar resultados, pero lo que no se hace al principio no se hace nunca porque lamentablemente la maquinaria tiene sus propios mecanismos de autodefensa para evitar cambios y mientras más se afianza y asienta, menos probabilidades hay de sacudirla. Colom encuentra un Estado inútil, con una crisis institucional enorme que requiere determinación inicial para superarla. Si no lo hace ahora, no lo hará nunca porque las grandes lacras de nuestra institucionalidad, empezando por la corrupción, se encargarán de evitar cualquier decisión de cambio que pueda afectarles.
De suerte que no es cuestión de que uno coma ansias o espere demasiado. Es cuestión de sentido común entender que si no se actúa rápido y con decisión, la maraña terminará envolviendo al nuevo equipo que sentirá más fácil acomodarse que entrarle de lleno a los desafíos y problemas de una transformación.