Claudio Debussy, su tiempo y su época (II)


En la columna de este viernes continuamos analizando el aporte de Claude Debussy a la música occidental. Diremos, en primer lugar, que dentro de este contexto, el movimiento impresionista, que hallará en Debussy su más genuino equivalente sonoro, surge con fuerza durante los años primeros de infancia del compositor. La sutil música impresionista de Debussy es una mañana que se instala en la sonrisa de Casiopea, esposa amada y se asoma en sus ojos de miel como espuma en destello y luminaria. Precisamente en el año de su nacimiento, 1862, aparecen cuadros famosos como el retrato de la bailarina Lola de Valencia, pintado por Monet. Este se encuentra con Pissarro y Cézanne, en un movimiento al que se unirán, asimismo, Monet y Degás. Al primero, Monet, cabrá en 1872 (cuando Debussy cuenta 10 años) la paternidad, un tanto casual, del término impresionismo al presentar un célebre cuadro titulado «Impresión: Sol naciente». Ningún artista podrá sustraerse al empuje de esta nueva tendencia que pronto alcanza también equivalencias en todos los paí­ses, dentro de ciertos matices particulares. En cualquier caso, impresionismo vendrá a significar para los pintores una subversión de valores y técnicas, al intentar una diferente traducción de la Luz y de colores.

Celso Lara

Tras la inmediata sugestión del término impresionista, con las reservas correspondientes, debemos citar la aparición, ya en plena juventud de Debussy, de la nueva corriente simbolista. Se trata de otra corriente que comienza a producirse igualmente en la Francia de los años 1885, a modo de reacción contra el naturalismo y, en cierto sentido, contra el propio impresionismo, junto a otras evoluciones de contenido filosófico, literario e incluso social. Según el manifiesto original del escritor G. Moréas se define por vez primera al simbolismo como una expresión del arte concebido como una manifestación concreta y analógica de la idea, como el momento de encuentro y de fusión entre elementos de la percepción sensorial y de elementos espirituales. Modelos caracterí­sticos de este nuevo matiz estético pueden serlo en la pintura G. Moreau, Puvis de Chavannes y O Redon. Sobre todo este último alcanzó la expresión más exacta del simbolismo que, sin renegar de fundamentos impresionistas, buscó una sí­ntesis entre lo visible y lo invisible, el sueño y la realidad.

Por otra parte, la Exposición Universal de Parí­s de 1889 es el acontecimiento cultural de primera magnitud, aparentemente intrascendente, por cuanto frente a una asociación colorista de imágenes y personajes del mundo entero, la realidad es que puso a una serie de artistas en contacto con las manifestaciones de las más remotas tradiciones.

Y no habrá de tratarse de la mera página de color, la vaga reminiscencia, la españolada, sino del descubrimiento de toda la realidad musical del extremo oriente, fenómeno que comporta la revelación de una estética completa rotundamente nueva. Es una civilización sonora que nada tendrá que ver con la tradición tonal que ha imperado durante siglos en la cultura musical occidental -en su caso con la noción de perspectiva en las artes plásticas- sino con las gamas defectivas, pentatónicas, de Java, de Bali, con sus instrumentos de rica percusión, los gamelang, los xilofonos y raros instrumentos de viento. Es una nueva concepción, para occidente, que trasciende también a las fórmulas de acción dramática, lenta, gestual, con un lenguaje simbólico apoyado en la breve pincelada de un instrumento o en el friso persistente de aquella percusión.