Los artistas no actúan en un teatro de vanguardia de París, ni «off Broadway», sino en Bagdad, donde la Compañía Nacional de Folklore Iraquí se prepara en la clandestinidad a salir de nuevo en escena, en una de sus ahora raras representaciones.
Los ensayos son secretos y los espectáculos también. El lugar y la fecha de la próxima representación sólo los conocen un puñado de iniciados y los aficionados sólo serán prevenidos al último minuto.
No hay carteles ni venta de entradas en esa capital iraquí convertida en laberinto de cemento por los retenes, las barreras y los muros de contención.
Llegado el día, una tarde, los artistas irán al encuentro de un público prevenido discretamente, y bailarán, al son de instrumentos tradicionales, bajo el aplauso de algunos aficionados.
No habrá entreacto, ni empujones para acercarse a los artistas. Al final, todo el mundo volverá a sus casas, discretamente, hasta la próxima ocasión que tengan de huir de la terrible realidad.
«No podemos hacer otra cosa», dice Hanaa Abdallah, subdirector del grupo, que antes actuaba ante plateas entusiastas en el mundo árabe y Europa.
Después de cuatro años de ocupación norteamericana y de una sangrienta guerra confesional, Irak se hunde en una violencia sin límites que apunta en particular contra los artistas, los intelectuales, los poetas, los escritores y todos aquellos que repugnan el fanatismo.
«Corremos riesgos debido a la falta de seguridad, pero debemos hacerlo para que la Compañía sobreviva», agrega Abdallah, quien dirige los ensayos.
«Los últimos diez años han sido muy difíciles para nosotros, y sólo tenemos 20 artistas de los 40 que había», explica.
El grupo vivió una época de oro en los años 70 y 80, y pasaban más tiempo en sus giras por el mundo que en Bagdad. Incluso llegó a presentarse en el Palacio de Vidrio de las Naciones Unidas, en Nueva York.
Las cosas cambiaron tras la invasión de Kuwait por Saddam Hussein, en 1990. Las sanciones internacionales hicieron casi imposibles los viajes y cesaron las invitaciones al extranjero, pero los iraquíes siguieron acudiendo a los espectáculos, que desde siempre han mezclado música, danza y sainetes teatrales.
La Compañía actúa ahora, a escondidas, cada tres meses, en Bagdad. Su última representación fue en julio, cuando celebró el 27 aniversario de su fundación, y sólo ha salido dos veces al extranjero desde la invasión norteamericana, en 2003: a Doha, hace dos años, y a Mascate, en febrero.
Además del peligro de creer aún en la cultura en una Bagdad que ha caído en la barbarie, los artistas se enfrentan cada día a problemas más prosaicos, como por ejemplo sobrevivir.
Nadie cobra un salario, todos se autofinancian. Y nadie espera nada de la taquilla de los espectáculos: la entrada es gratuita.