Ciudadaní­a y ambiente


El lago de Atitlán está muriendo y ahora sí­, ha cundido la preocupación entre propios y extraños. Nos dicen los expertos que el paí­s ha sido azotado en este año por la peor sequí­a en más de treinta años y que las perspectivas no son nada halagadoras para el futuro. El deterioro del ambiente ha dejado, por tanto, de ser un tema teórico y ahora nos toca vivirlo o mejor dicho: sufrirlo.

Lic. Marco Tulio Cajas L.
Presidente OCG

Es innegable la alarma que está causando el cambio climático y sus efectos negativos en nuestro medio natural y social, pero igualmente lo es la incidencia que el comportamiento humano tiene en sus orí­genes.

Ahora entendemos que la calidad del ambiente tiene que ver con el comportamiento ciudadano por lo que, como hemos dicho repetidamente en la Asociación de Orientación Cí­vica de Guatemala (OCG), «Cuando hay crisis, hay crisis para todos».

El consumo creciente de productos y servicios que generan bienestar pero que también contaminan no ha sido acompañado de una cultura que cuide la preservación del ambiente mediante prácticas adecuadas de manejo de los desechos contaminantes resultantes. Este es uno de los problemas que ahora amenazan nuestra riqueza natural representada por cuencas, lagos y los recursos forestales, entre otros. El paí­s se ha convertido en un gigantesco basurero.

Las medidas emergentes son necesarias para encarar situaciones crí­ticas pero lo es igualmente una toma de conciencia ciudadana sobre los malos hábitos personales que dan lugar a los efectos contaminantes, producto de prácticas inadecuadas en el manejo de la basura o del uso del agua por ejemplo.

Más allá de lo particular, las instituciones públicas y privadas tratan de aplicar legislaciones y consensos que permitan, en lo posible, lograr una regresión del proceso degenerativo de las condiciones ambientales y es de esperarse que esas iniciativas nacionales e internacionales den los mejores resultados –

Pero la clave, como muchas otras cosas en la vida, reside en las actitudes que se transforman en hábitos. A los ciudadanos nos corresponde cuidar los pequeños detalles que nos conviertan en amigos y no en enemigos de lo ambiental. Poner ese granito de arena, como se dice, para preservar y salvar ese regalo maravilloso que es la naturaleza, que posiblemente no hemos sabido apreciar, y que reclama de nosotros una actitud respetuosa y prudente. Esto es también un asunto de principios y valores humanos, es decir, de buenas prácticas ciudadanas.