“No tengo real ni maravidé…” asentó el Santo Hermano Pedro en su Testamento. Quiso expresar su pobreza material. No tenía nada y sin embargo, lo tenía todo.


Los enseres de la enfermería -logrados de limosnas- declaraba que pertenecían a la Casa de Belén y si algo apareciera –que lo era muy remoto- instituía como heredera a su madre doña Ana García, de quien presumía que aún vivía en Vilaflor, Tenerife Islas Canarias.
Por esa razón fue que pidió de limosna su entierro y de favor que le acompañaran el Cura Párroco de la iglesia de los Remedios y el sencillo sacristán. Y por ser miembro de la Tercera Orden Franciscana, rogó –por caridad- que lo sepultaran en la Capilla de los Terceros en la iglesia de San Francisco el Grande.
¿Qué sucedió? ¡Las maravillas de la Divina Providencia! En su lecho de enfermo, lo atendió con delicada diligencia, su amigo Mauricio López de Lozada, para evitar que la bronconeumonía le robara el oxígeno a sus pulmones. Como centinela, su confesor el Padre Manuel Lobo, permaneció junto a su cama para auxiliarlo espiritualmente y confortarle el alma.
Dije ¿Cama? Le queda muy grande ese nombre a lo que realmente era. Si las de la enfermería eran rústicas y sencillas que, al decir de los cronistas, llegaban fácilmente a “tapescos”, la de él eran dos tablas rústicas con un colchón encima bajo palio blanco, donde lentamente se consumió el hombre para florecer el santo.
¿Y cuando falleció el 25 de abril de 1667 lo acompañaron únicamente el Cura Párroco de la iglesia de los Remedios y el sencillo sacristán con cruz alta y ciriales…?
-¡Qué va!
Al divulgarse la noticia de su fallecimiento, de inmediato se detuvo frente a la puerta de la Enfermería, la carroza nada menos que del señor Obispo Fray Payo Enríquez de Rivera y poco tiempo después, la del Presidente de la Real Audiencia y Capitán General don Alfonso Rosica de Caldas y tras de ellos, los Superiores de las diversas órdenes religiosas, Alcaldes y Regidores, Miembros del Cabildo Eclesiástico, gentiles hombres y el pueblo que lo admiro siempre y que reconocía su fama de santidad, colmó la plazuela de Belén, amplia pero para el caso resultó pequeña. Las campanas de todos los templos doblaron al unísono y la ciudad se vistió de luto.
Se suspendieron las labores habituales y presurosos los habitantes enfilaron hacia Belén. Entre la multitud, alzó su voz el señor Obispo para expresar que respetaba el sentimiento religioso y de piedad que cada quien tenía por el Hermano Pedro, pero que evitaran expresarlo públicamente y ordenó que en su carroza fuera trasladado su cadáver al templo de la Escuela de Cristo. Y en un cortejo impregnado de dolor y de silencio lo llevaron cuidadosamente amortajado.
La pequeña cuadra que separa a la Enfermería de Belén de la Escuela de Cristo, se recorrió lentamente por la multitud de fieles que lo acompañaron. La plazuela de la Escuela de Cristo estaba totalmente abarrotada por todos sus admiradores. En la puerta del templo esperaban el cadáver, el Capitán General y los Señores Oidores, quienes lo llevaron en hombros al interior de la iglesia.
La sorpresa de todos fue ver que el señor Obispo se desplazaba a pie, junto al santo cadáver y encontrar abarrotada de vecinos, la plazuela y las calles adyacentes, cuando se creía que la ciudad venía en el cortejo.
En el templo de la Escuela de Cristo, se veló su cadáver y se oficiaron misas en los diversos altares, incluso en otros que fueron improvisados. Velas y hachones iluminaron el templo durante la noche y en pebeteros se quemó mirra e incienso.
El cronista franciscano Fray Francisco Vásquez, dejó para la posteridad, éste elocuente retrato.
“…Entre lo que admiramos en el Venerable Hermano Pedro fue que quedó su rostro tan hermoso, tan venerable y placentero, la cara lúcida y como sonrosada, que no parecía aquel hombre penitente, requemado a los ardores del sol, percudido al rigor de las intemperies y maceraciones, sino un hermoso joven vivo, amortajado en este privilegio y presagio de la gloria a que su bendita alma caminaba, a su Padre tan amado y el mío el seráfico Patriarca de los pobres. Los ojos le quedaron abiertos y claros como si estuvieran mirando aquella devota multitud que concurría y como con su vista asegurando al tenerlos siempre propicios y siempre abiertos al socorro de los necesitados de tantos pobres, a la conmiseración y a las plegarias de sus devotos…”
Para el sepelio, la Calle de la Amargura hacia San Francisco, resultó angosta y pequeña. Apenas pudo contener a la ciudad entera que acongojada lo acompañó a su última morada.
Los religiosos franciscanos acordaron que en atención a sus méritos de santidad, fuera sepultado en el cementerio de los frayles franciscanos, revestido con el sayal del seráfico.
¡Qué diferente resultó todo! Porque –incluso- el panegerista que lo fue Fray Gerónimo Verona y Loayza, exaltó brillantemente sus servicios caritativos y le pronosticó su resurrección espiritual.
“…murió el cisne…” –dijo el orador desde el púlpito franciscano. “Y al ponerlo en su sepulcro yo pude decirle… ¡Oh Pedro…” Tú que fuiste el montón de trigo donde hallaron hartura tanta hambre, entrarás en este sepulcro, como una troje, donde quedará ensilado el trigo de los pobres, entra en él y reposa, macolla abundante de frutos…reposa en este sepulcro Cisne del Cielo, para resucitar después como Fénix…resucita en buena hora, Fénix abrazado en llamas de caridad, resucita y levanta el ligero vuelo de tus plumas, hasta la cima de aquel monte de la eternidad, a multiplicar los días de tu duración, por los siglos de los siglos…”
Poco a poco, la piedad cristiana rescató de la tumba al santo –como pronosticara el orador Loayza-. Al reconocer la Santa Sede los méritos divinos y el Poema de la Caridad que escribió con su espontáneo servicio en la ciudad que amó tanto, en la que el mismo dijo que quería vivir y morir, fue admirado siempre y venerado como Siervo, Venerable, Beato y ahora como Santo, tal como lo dijera el orador al decirle: “…levanta el ligero vuelo de tus plumas, hasta la cima de aquel monte de la eternidad, a multiplicar los días de tu duración, por los siglos de los siglos…”
En mi libro el Poema de la Caridad, recojo el venero inagotable de su fecunda vida humana, espiritual y caritativa y tiene el propósito de acercar al lector a todo aquello que conforma su mundo espiritual para disfrutar el gozo que despierta adentrarse en los secretos misteriosos de un Santo, que son el timbre y aureola de una entrega limpia y amorosa al servicio del prójimo.
¿Cuál fue la siembra del Hermano Pedro en sus escasos quince años en la ciudad de Santiago de Guatemala? Amor. Amor sin límite al hermano…
La fama de santidad recogida de la tradición popular y luego sometida a estudios rigurosos documentados, fue convertida en verdad y confirma la fe que el pueblo depositó en él, hasta llegar a gozar de devoción pública.
Así lo confirman las Letras Remisoriales (134) cuando se refieren a su fama de santidad. “…Que de las cosas dichas, y de cada una, no solo en los Lugares donde el Siervo de Dios vivió, y fue sepultado, sino también en otros próximos y remotos, en todas partes, siempre existió, y ahora existe, la pública voz, y fama, y la común reputación, firme constante, e inconcusa, de tal suerte que nunca se haya oído, ni dicho ni hecho alguna cosa en contrario, como mas latamente lo deponen los testigos informados dando en todo la razón de su dicho y causa de su ciencia.”
Con su Canonización, la bella, histórica, santa y muy amada ciudad de Antigua Guatemala, vio realizado un deseo secular y tiene el gozo de que su Hermano Pedro tenga culto público en la Iglesia Universal.
Su tumba –sencilla desde sus inicios- siempre ha sido visitada por fieles que invocan su intersección para la cura milagrosa. No se retiran de ella, sin antes dar tres toques con los nudillos de la mano en la lápida que guarda sus santas cenizas. Y allá, en la iglesia de El Calvario, esperan pacientes la floración blanca del árbol de Esquisúchil que él sembró, para recoger las flores color marrón que sirven para la cura milagrosa.
Conocí al Hermano Pedro, cuando niño. Mis visitas frecuentes al templo franciscano, me detuvieron en más de una vez frente a su tumba.
Inquirí de quien se trataba y por qué los fieles le expresaban emotiva devoción. Los sencillos vecinos de los municipios de las Milpas Altas, de Santa María de Jesús, San Juan del Obispo, San Antonio Aguas Calientes, Ciudad Vieja… adornaban su tumba con flores silvestres, encendían numerosas velas de cebo y le platicaban las cosas de la vida en su lengua, con una entrega amorosa y esperanzadora. Eso sucedió muchas veces cuando en las tranquilas tardes antigüeñas –junto a otros niños de mi edad- ayudábamos al Sacristán don Layo en el toque de la campana mayor en la hora del Angelus.
Don Layo, envejeció adornando los altares franciscanos en las festividades del Venerable, de la Porciéncula, del Seráfico y de la Concebida.
Mi padre me enseñó el perfil histórico del terciario y me hizo bellísimos relatos, cuando en nuestros paseos matinales, pasábamos frente a los sitios que él frecuentaba. Mi madre –por su lado- me deleitaba contándome la ternura de su fecunda caridad.
De oídas escuché delicados relatos que hacían viejos devotos antigüeños y lo leí en las Crónicas de Mencos Franco, con mayores detalles en don Julián Arriola y trascendente en Soto Hall.
Imaginad mi alegría, cuando al amparo de la tranquilidad que brindaba el derruido claustro franciscano donde antaño funcionó su rica librería, David Vela lo relataba en su “Vida y en las Letras” que leí con avidez.
De noche, tenía la sensación de que en cualquier momento, al cruzar una mortecina esquina antigüeña, me iba a encontrar con él tañendo su sonora campanilla, tal como lo sentía vivir al leer los Nazarenos de Milla.
El encuentro físico –claro está- sólo era posible en mi fantasía infantil, pero ha sido posible desde la dimensión de la mística, de lo humano y de lo apologético. También en la investigación histórica y en la pintura.
Lo importante es que lo aprendí a admirar desde niño. Quizá porque mi sencillez infantil me hacía sentir que era uno a los que él también protegía. Así se fue metiendo poco a poco en el alma, hasta poder saber valorar su portentosa obra nimbada de caridad.
Años después, lo encontré desde otra dimensión en Lobo, García de la Concepción, Montalvo y con mayor deleite en los elogios que cuarenta años después de su tránsito, se le dedicaron en la Catedral Metropolitana de México, recogidos en la Exaltación Magnífica de la Bethlemítica Rosa de la Mejor Americana de Jericó.
Me deleité también en la sonora prosa de Rodríguez Cerna y en la del Doctor Carlos Martínez Durán. Las Letras Remisoriales -por el contrario- con su severidad, confirman de verdad, las singulares virtudes y los dones divinos que aureolan y distinguen su obra donde la caridad es pródiga. Y acepta como verdad los milagros que realizó en vida y después de su tránsito.
“De qué manera es verdad –dicen Las Letras Remisoriales- que el año de 1655 y cinco años después de haber venido a esta Ciudad de Santiago de Guatemala, negándose asimismo y ofreciéndole en sacrificio al Altísimo, consiguió ser admitido entre los Terceros de San Francisco y vestido con suma alegría aquella túnica de Penitencia, se levantó como gigante a correr el camino de la perfección y para hallar los fueros que están dados a los sabios y solo se rebelan a los pequeños y humildes; lo cual fue y es verdad público y notorio, y fue y es pública voz y fama.” (f.1 y 1v)
Lector amigo, déjate llevar de la ternura que irradia nuestro Santo Hermano Pedro. Fórmate una visión y valoración documental de su fecunda obra y de esa una manera sencilla, acercarte a su mundo espiritual, para que tú también, te llenes de su perfume y te nutras de su ejemplo.