En esta época de imperio cultural del video, la supremacía de la imagen diluye mil o diez mil palabras y con ellas la cultura letrada; las palabras en todo caso ya no se leen, se ven a través de una pantalla, su morfología ha sido transformada de ícono a imagen. Las palabras acompañan a las imágenes y no al revés. La forma de adquirir conocimiento es a través de las pantallas digitales que se presentan bajo cualquier artilugio.
Las personas pues están afectas a la seducción del culto a la imagen, estancando así los procesos básicos del pensamiento como al análisis o la deducción; vemos sin procesar, tragamos sin deglutir. Es en este contexto de enajenación global que se sirve como plato fuerte de la oferta del cine comercial a nivel mundial, las ficciones apocalípticas que avizoran el fin del mundo. La idea del desenlace total no es exclusiva de este tiempo, la posibilidad que la humanidad podría desaparecer ha sido motivo de la mitología y de la religión y sus expresiones de fanatismo sectario, que han anunciado en distintos momentos con minutos y segundos, el día exacto del fin. En la gran pantalla, sin embargo, parece haber un aumento y una especialización de la ficción que sugiere el fin del planeta o por lo menos de los humanos. Cabe indicar que el género no es exclusivo del cine pues lo mismo alude la literatura de masa, los videojuegos y cualquier otra forma de diversión masificada, todos sugiriendo el gran finale. Cada poco tiempo los estrenos anuncian un nuevo peligro que se cierne sobre la humanidad, con tal dinámica que el séptimo arte ha tenido que reinventar el fin del mundo. Ya no son solo asteroides cayendo sobre el planeta, tampoco son alienígenas que la toman para su conquista extractiva o alternativa de vivienda. Han urgido nuevas representaciones que deben darle contenido a la norma, que para favorecer la angustia masiva, debe ser creíble. En este punto surge la bifurcación de las propuestas que siguen especializándose en destruir el mundo, y las que afinan los agentes para acabar con la humanidad. En la última veta hay pandemias de virus que aniquilan rápidamente a la especie y zombis que devoran hasta el último ser viviente. La humanidad es dura de matar y urgen secuelas que predicen y magnifican las catástrofes o los agentes malignos que aniquilarán la especie humana. Y sobre la destrucción del globo, las propuestas predicen la búsqueda de otro planeta junto a la migración final. Pero además también hay un cine que retrata las más abominables perversiones del ser humano, en el que el fin del mundo está en la familia o la mente dislocada de alguien. Lo que está claro más allá de la nefasta predicción que se extiende desde Hollywood hasta la literatura fantástica, es que la huella de la humanidad aún después de su propia extinción, quedará por mucho tiempo, como muestra del poder destructivo de su propia avaricia y consumo exacerbado. Para preguntarse por qué promueve el mercado masificado del cine comercial este tipo de motivos, lo cual no es casual ni ingenuo, hay que atreverse a presuponer como lo hace Susan George en el Informe Lugano, que el sistema capitalista se reinventa también, su extinción no será fácil y para ello se deben ajustar las condiciones del planeta, primero hacia un consumo total con un parámetro cortoplacista, hasta donde lleguemos… y segundo el control poblacional como ya lo propone sospechosamente el Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria VHEMT “que vivamos largo tiempo y luego desaparezcamos”.