China: catástrofes, crisis y el triunfo de los Juegos Olí­mpicos


El presidente chino Chinese Hu Jintao alza su discurso donde se encuentran congregados  miembros del partido comunista con motivo de los 30 años de la reformas económicas.  FOTO LA HORA AFP Frederic J. BROWN

China se vio confrontada en 2008, tras años de explosión económica, a la crisis económica internacional, a un terremoto devastador y a la revuelta del Tí­bet, pero así­ y todo logró organizar unos Juegos Olí­mpicos fastuosos, a la altura de la nueva potencia.


Miembros del Ejercito de Liberación reguardando la entrada del Great Hall, donde se encuentra el presidente chino y el partido comunista. FOTO LA HORA AFP Frederic J. BROWNEl Lí­der del Partido Comunista Jiang Zemin (I)  conversando con el presidente chino  Hu Jintao (D). FOTO LA HORA AFP Frederic J. BROWN

La economí­a china acabó 2007 con signos de calentamiento y, doce meses después, hace frente a una desaceleración mundial que se ha traducido en la primera caí­da desde 2001 de sus exportaciones, factor esencial de su prosperidad.

La reducción de la demanda de todas las economí­as afectadas por la crisis ha acabado haciéndose sentir en el crecimiento de China -que de 2003 a 2007 fue de dos dí­gitos- en el empleo y, en consecuencia, en la estabilidad social.

Además, el año trajo a China muchos acontecimientos desestabilizadores, principalmente catástrofes naturales.

«El acontecimiento más importante de 2008 es para mí­ el sismo de Sichuán», que el 12 de mayo dejó más de 87.000 muertos y desaparecidos en esa región del centro-oeste del paí­s, afirmó Hu Xingdou, economista del Instituto de Tecnologí­a de Pekí­n.

«Fue una prueba compleja para la sociedad civil, del sistema polí­tico, el desarrollo económico, la calidad de la construcción y de la importancia que el gobierno concede a la educación», explicó Hu, al referirse al temblor que derrumbó escuelas como castillos de naipes.

«La catástrofe sacó a relucir los problemas en el proceso de toma de decisiones e información», agregó.

Al mismo tiempo, el desastre generó una enorme ola de solidaridad en todo el paí­s y, a tres meses de los Juegos Olí­mpicos, silenció las crí­ticas de la comunidad internacional a China.

La primera parte del año estuvo marcada por la tensión con los gobiernos y las opiniones públicas extranjeras por cosas como el apoyo de Pekí­n al gobierno sudanés, la cuestión de los derechos humanos y, sobre todo, la crisis tibetana.

Las primeras manifestaciones contra el dominio chino se produjeron en Lhasa, la capital del Tí­bet, el 10 marzo, aniversario del levantamiento fallido de 1959 en esa región del Himalaya, que obligó al Dalai Lama, lí­der del budismo tibetano, a exiliarse en India.

Las protestas de marzo se extendieron a otras provincias con minorí­as tibetanas, sin testigos extranjeros. El acceso al Tí­bet fue de hecho cerrado.

Según los exiliados tibetanos, la represión causó al menos 203 muertos; la situación del Tí­bet desató protestas en todo el mundo, llamamientos a boicotear los Juegos Olí­mpicos e incidentes en varios paí­ses durante el recorrido de la llama olí­mpica, los más graves de ellos en Parí­s.

A cuatro meses de unos Juegos a los que habí­a consagrado tanto trabajo, dinero y esperanzas, China se sintió humillada y multiplicó las reacciones nacionalistas.

«Los problemas durante el paso de la antorcha demostraron que el pujante poderí­o de China no es siempre aceptado por los occidentales», estimó el economista Hu.

Finalmente, cuando los Juegos se inauguraron el 8 de agosto en un Pekí­n cubierto de flores, cualquier discrepancia se apagó. La organización fue casi perfecta y el gigante asiático demostró su fuerza logrando más medallas de oro que nadie (51) y, sobre todo, por primera vez, más que Estados Unidos (36).

Para los chinos, el único lamento vino de la lesión de su héroe Liu Xiang, que no pudo lograr una medalla de oro para la que era claro favorito, la de los 110 metros vallas.

La alegrí­a del acontecimiento duró poco, pues pocas semanas después estalló el escándalo de la leche infantil contaminada con melamina, una sustancia quí­mica que le da una apariencia más rica en proteí­nas, que intoxicó a cerca de 300.000 niños en China y llevó a muchos paí­ses a retirar de la venta los productos chinos.

Esta catástrofe «conmocionó al paí­s» y constituyó «el segundo acontecimiento esencial» del año, poniendo en evidencia «los enormes problemas en seguridad alimentaria», estimó Zheng Yefu, profesor de sociologí­a.

Para el economista Hu Xingdou, el escándalo reveló «la pérdida de sentido moral de la sociedad china» y la falta de transparencia.

«Otros casos similares se verán en el futuro y en 2009 veremos tantas crisis sociales como en 2008», auguró.