Chávez ha muerto. Solo para algunos, porque empieza ahora la otra vida del personaje que inauguró la “República bolivariana”. Inicia hoy una nueva etapa en su figura: estamos a las puertas de su mitificación. Hugo Chávez apenas comienza. Hay chavismo para rato.
Y es que Chávez, para bien o para mal (me parece que el balance es más bien positivo), ha dejado una impronta que no termina con su desaparición física. El expresidente de Venezuela lidera ahora desde la tumba los sentimientos de libertad, el anhelo por un mejor país y los esfuerzos de unidad de los pueblos latinoamericanos.
Sé perfectamente que esto disgusta a quienes piensan desde la otra esquina, pero es irremediable la situación dada la estatura del monstruo que rechazan. De todas formas, reconozcámoslo, Chávez fue lo que fue y es lo que es, gracias a los ricos de su país. Es decir, también la derecha tiene parte en el proceso de inmortalización venidera del líder socialista.
El poschavismo no tiene los días contados en la proximidad de los días como quisieran los políticos tradicionales de América Latina. Chávez encarnó un movimiento que expresa los deseos de una sociedad diferente, la protesta por la miseria y el rechazo a los políticos de siempre. Los anhelos están íntegros y si hoy se pierde la cabeza visible que hablaba de superar esas condiciones, solo es cuestión de tiempo para que aparezca una nueva figura que como Chávez supere las fronteras de su país.
Los líderes de la derecha y los empresarios desinteresados por el bienestar común, no entienden que la lucha de los pueblos no se reduce a una figura: es un movimiento que exige un mundo diferente. Sus mentes están tan embotadas que les parece que “muerto el chucho, desaparece la rabia”. Nada hay tan alejado de la realidad.
Por eso insisto que Chávez como figura simbólica sigue viva y su aparente ausencia es un festín para la memoria. Sí hay tristeza, pero también es un episodio anímico que estimula a no cejar en la lucha por una sociedad más justa y libre. Y si hoy su voz no se escucha, su acusación permanente contra los traidores del país y los egoístas de siempre, resuena en la conciencia de los excluidos de todos los pueblos.
Chávez es hoy más fuerte e indestructible que antes. Y si ayer no pudieron superarlo políticamente sus enemigos, hoy ejerce un liderazgo que trasciende fronteras. No se trata de canonizarlo ni encumbrarlo en los altares, es reconocer a través de su figura, los sentimientos de rechazo hacia los poderosos y el deseo de construir una sociedad diferente, un mundo más justo, sin miseria ni falta de educación.
No sabemos qué capítulos nuevos le esperan a Venezuela, pero sí advertimos que hay que reescribir la historia y refundarla sobre ideales diferentes: justo el sueño por el que luchó el comandante Chávez.