Dos jóvenes que viven en el mismo barrio coinciden en el mismo centro universitario, se frecuentan y ambos empiezan a compartir actividades, una amistad parece brotar. Él parece estar atraído por ella, pero no sabe cómo llamar su atención, cree que arruinará la amistad que se ha constituido si le plantea sus sentimientos.
Él la invita a salir y ella le dice que no porque debe atender sus estudios, él lo interpreta como un desaire y le lanza la frase “ya no me quieres” en actitud de víctima. El jefe le dice a la secretaria que si accede a sus deseos, las condiciones laborales mejorarán sin que lo tenga que saber el resto de empleados, de lo contrario el riesgo es perder el empleo. Los convivientes de un barrio residencial de la ciudad deben pagar una cuota de trescientos quetzales y a cambio tendrán seguridad y un guardia les abrirá la barra de acceso en la única entrada, el comité de vecinos se reserva el derecho de tachar de non grato al deudor de las cuotas y éste tendrá que abrir él mismo la puerta de acceso. Presionamos al otro para que acceda a nuestros objetivos, de lo contrario se amenaza con el fin de intimidarlo; si eso no funciona, aludimos a la victimización para cargar en el otro la responsabilidad de lo que al extorsionador le pase, esta última argucia es muy usual como forma sentimental de chantaje, que tiene su expresión más distorsionada en el “si me abandonás me mato”. Una mujer le dice en broma a su pretendiente que ella ya tiene pareja, aunque en realidad está profundamente atraído por el postulante, quien no puede asimilar el gancho al ego y responde que él solo estaba jugando con ella porque también tiene ya una pareja. “Si para el día de mañana no cumple con el pago de tantos miles, nuestro grupo se encargará de su hija, que circula por tales avenidas en un carro de color gris y que tiene a su hijo en la escuela Bello Amanecer”. El chantaje aflora y se impone como norma en las relaciones sociales, sea de pareja, institucionales, laborales, etc, en la misma medida en que no somos capaces de asumir nuestra propia condición humana, con sus debilidades y defectos. Pero también en la medida en que no hay un Estado que ampare la injusticia, el interés oscuro recurre a las formas chantajistas para imponerse. “Si dejas de llorar te compro el juguete que quieres”, “si sacas buenas notas, te doy permiso para ir a la fiesta del fin de semana”, “si me eres fiel te voy a querer toda la vida”. La forma de extorsión tiene lugar desde la niñez hasta la vida adulta, ocurre en el pequeño infierno de la pareja, y lacera las instituciones del Estado. Se educa a través de la amenaza sutil o descarnada, es la lógica de la zanahoria y el palo, su florecimiento ocurre donde no hay autodeterminación, donde la autoestima está degradada porque no hay reconocimiento del otro ni amparo del Estado. Es raro que se favorezca la petición, la negociación o el respeto, pero es común la amenaza, el chantaje sutil que esconde el despojo de lo que no hemos sido capaces de enfrentar. Somos incapaces de asimilar la negación, lo cual es también desconocer la posición o la afirmación del otro. Deambulamos por la vida, profundamente cegados por el yo que tratamos con gloriosa vanidad de asegurar en el otro o a costa del otro. La diminuta Guatemala que describe De la Horra, además de comunicarse en chiquito, lo hace a través de la extorsioncita porque su dignidad está mancillada por años de historia violenta. Amenaza si no obtiene lo que nunca le fue otorgado.