CHANA, LA PERRA DROGADICTA


Fue durante el año 1949 cuando como parte del entrenamiento en cirugí­a nos tocaba salir a la cacerí­a de perros callejeros a los que los operábamos en el laboratorio de cirugí­a experimental de nuestra Escuela de Medicina. Así­ «nos hací­amos la mano».

Dr. Carlos Pérez Avendaño

Todo el equipo de cacerí­a consistí­a en un par de lazos, y nos í­bamos a las afueras de la capital en donde más abundaban los chuchos sueltos, los que ya una vez lazados, los metí­amos en el baúl del Ford 1934 propiedad de Julio Castillo Sinibaldi (q.e.p.d.) quién era, en ese entonces, el único propietario de automóvil. Carlos Rosales @ Calí­gula (q.e.p.d.) era el mejor lazador.

Singulares experiencias a veces graciosas, a veces peligrosas como cuando en Villa Canales el propietario del perro lazado desenvainó su machete y nos obligó a soltar al perro, así­ como cuando aquí­, cerca de la Escuela capturamos a una perra que estaba en brama, y atrás la siguió una retahí­la de chuchos que urgidos, se metieron con ella presurosos dentro de la jaula. Hicimos una buena cosecha. A Dios gracias ninguno de nosotros fue mordido, porque, en ese tiempo no habí­a vacuna profiláctica y ninguno de nosotros estaba vacunado contra la rabia.

Naturalmente la mortalidad de los perros operados era alta, y muchos morí­an durante la anestesia en la que, el pentotal era la droga de elección. Sin embargo a los que sobreviví­an se les sometí­a a otras más y múltiples operaciones.

Principiábamos extirpándoles un pedazo de intestino, para luego cuando ya recuperados, el colon, y la vesí­cula, para luego seguir con el bazo y, si se trataba de una hembra, pues afuera las trompas y la matriz.

Hubo una perra que se hizo famosa porque ya no habí­a órgano que quitarle y no habí­a entre nosotros quién se atreviera a la neurocirugí­a. Esa perra, por nombre Chana, al cabo de tanta anestesia con pentotal ya se habí­a hecho dependiente, y así­ en cuanto nos acercábamos a la jaula de recuperación, se echaba boca arriba y estiraba una de las patas traseras, pidiéndonos así­ que le inyectáramos la droga. No le importaba el pinchazo, ella lo que querí­a era la droga.

Pensábamos entonces en lo contradictorio de la difí­cil cacerí­a cuando el perro se resistí­a con los dientes a ser capturado y el posterior ofrecerse y rogarnos para que le inyectáramos. Es que ya la habí­amos hecho drogadicta.

Posteriormente he pensado sobre ese nuestro quehacer sometiendo a un irracional perro a la drogadicción y sobre el quehacer de los famosos traficantes empujadores, los «pushers», quienes como parte de su cruel negocio son los encargados de inducir a inmaduros jóvenes hacia el uso de la droga, jóvenes que no tienen los atributos masculinos para decir NO. Los hacen esclavos, así­ como a la perra Chana.

Crucial factor en el combate a la droga es el que corresponde a la familia, donde los padres formen al hijo varón para que tenga los atributos para responderle, con un categórico NO, a aquel que se la ofrece y en donde las hijas, mujeres jóvenes sean educadas para admirar al muchacho que tiene la valentí­a de resistir a las presiones y no precisa de drogas.

Y no olvidar que tan importante como esa labor formativa, dentro del combate del narco, es preciso, y corresponde al gobierno lo que ya tantas veces he mencionado: Legalizar la droga. Así­ el tráfico ya no será negocio y se irá acabando. ¿Qué piensa don ílvaro?