Cerveza para ver el huracán


Mientras la casi totalidad de los habitantes de Houma (Luisiana, sur) huyeron ante la amenaza del huracán Gustav, dos hombres de unos 50 años se instalaron al abrigo de una pared de ladrillos y asistieron al espectáculo del poderoso huracán bebiendo cerveza.


En esta pequeña localidad del delta del Mississippi, las muestras del paso de Gustav son omnipresentes: las rachas de hasta unos 200 km/h que azotaron el lugar el lunes tumbaron árboles y postes eléctricos, dañaron edificios y arrancaron bombas de gasolina.

Frente a un pequeño cuartel de bomberos, Patrick Frohling y Charles Bonvillain terminan de sacar un pino caí­do sobre el galpón que alberga los vehí­culos de los soldados del fuego.

«Nos aburrí­amos, así­ que le preguntamos a los bomberos qué podí­amos hacer para ayudarlos», explicó Frohling, un constructor de 52 años.

Se encontraba en Houma, un centenar de kilómetros al oeste de Nueva Orleans, para realizar un complejo de apartamentos, y no quiso partir ante la proximidad del huracán Gustav.

«Pasamos dos dí­as y medio protegiendo (los trabajos) contra el huracán, y sin duda no hay más de 200 dólares en daños», indicó orgulloso.

Pero no quiso hacer como los dos millones de habitantes del sur de Luisiana y el sudeste de Texas, que obedecieron a las autoridades y huyeron hacia el norte o el oeste para escapar de la furia de la naturaleza.

«Fuimos a la casa de Charlie, para ver la tormenta, y lo disfrutamos mucho», contó Frohling: «fue genial, nos sentamos al abrigo de una pared de ladrillos y tejas, bajo un porche, bebiendo Bud light», una popular cerveza estadounidense.

«Me encantó. Era como estar en un avión. Uno se deja caer y el viento te sostiene parado. Genial», aseguró.

«Era su primer huracán. Yo soy de aquí­ y ya he visto muchos huracanes, nunca me fui. Soy un tipo a la antigua», comentó Charles Bonvillain, un capataz de 53 años.

Consultado sobre el peligro del huracán, que habí­a dejado más de 80 muertos en el Caribe antes de tocar tierra el lunes en Luisiana, Frohling desecha esa eventualidad: «habrí­a que ser realmente un bruto para hacerse matar por una tormenta como esa».

«La única ví­ctima serí­a alguien que intentara robar», estimó Bonvillain, en referencia a las tiendas y casas saqueadas tras el huracán Katrina en 2005 en Nueva Orleans.

«Todo el mundo está harto, y todo el mundo compró un arma», asegura Patrick Frohling. «Para los que quedan (tras la evacuación), la noche es absolutamente negra y todos se fueron. Se puede derribar 20 puertas en una hora y media», indicó.

«Pero esta vez, eso no va a pasar», prometió.

Además de sus armas, los dos colegas tomaron precauciones para sobrevivir bastante tiempo sin electricidad.

«Hicimos reservas antes que (Gustav) llegara. Sabí­amos que serí­a necesaria al menos una semana antes que se restablezca la energí­a. Tenemos suficiente agua potable para bañarnos, 300 galones (1.100 litros) de gasoil, la heladera está llena, somos precavidos», aseguró Frohling, radiante.