Hace unos días me quedé con la grabadora en el aire, suspendida, sorprendida. Con dolor, una persona, una abogada que representaba a todo un pueblo maya, me decía que habían renunciado a pedir un resarcimiento por la muerte de dos líderes de su comunidad y que desistían de su derecho de apelar la resolución que absolvió a los sospechosos de ese crimen.
yojody@gmail.com
Le pregunté por qué, y me dijo que la sentencia de ese caso fue una burla. A su lado, dos abogados mayas también opinaban. En su rostro se veía frustración y enojo. Fue una burla para el pueblo Q´anjob´al, repetían. Lo que más me sorprendió fue cuando la abogada dijo que después de todo, no creían en el sistema de justicia oficial. No se puede, expresó, y todos entraron a un elevador.
Tal vez no sea nada nuevo. Quizá el sentimiento de frustración sea algo habitual en este sentido; seguramente la falta de confianza y la certeza de que no funciona el sistema sea lo normal, pero aun así me resisto a aceptar eso de que la justicia guatemalteca muerde a los descalzos.
Ahora mismo en la Corte Suprema de Justicia y el Organismo Judicial los magistrados se prepararán para votar de forma secreta y elegir al próximo presidente del Poder Judicial, un cargo de trascendencia para todo el país, pero que parece dejar de lado la percepción y las expectativas que los ciudadanos comunes tenemos sobre él.
¿Qué pasaría si todos tuviéramos la certeza de que cualquiera podría alcanzar esa justicia ciega de la que tanto se escucha, qué sucedería si tuviéramos la convicción de que la ley no actúa a favor de alguien, que en realidad este sistema y las instituciones que lo administran existen y funcionan para asegurar nuestra convivencia en la sociedad?
Probablemente la justicia no dejaría que la violencia llenara nuestros días de miedo, seguramente no pendería nuestra vida de un aparato telefónico, no nos robarían o se burlarían descaradamente esos funcionarios, tan lejanos a nosotros, lejos de representarnos.
Las fisuras del sistema son inocultables. La protección o sanción de la ley debe ser justa. Ya no más manipulación, perversión, interpretación, burla. Nos merecemos volver a vivir como sociedad, si es que alguna vez fue así. No más desconfianza, no más incertidumbre, no más temor.
Pies descalzos desfilarán en los pasillos del Palacio de Justicia y la Torre de Tribunales, y lo que encuentren frente a ellos, ya no debe ser un monstruo que los muerda y regurgite su sufrimiento…