Cerruti: «Astiz me da asco»


Graciela Daleo, quien estuvo retenida en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada durante la guerra sucia en Argentina, lidera una manifestación con motivo del inicio del juicio contra Alfredo Astiz. FOTO LA HORA: JUAN MABROMATA

«Alfredo Astiz me da asco. Es una calaña», dice Marí­a del Rosario Cerruti, una Madre de Plaza de Mayo que será testigo en el juicio iniciado el viernes contra el «ángel rubio de la muerte» que infiltró al organismo humanitario e hizo desaparecer a sus fundadoras y a dos monjas francesas en 1977.


Marí­a del Rosario disimula sus 82 años y viaja más de una hora en ómnibus para encontrarse con la AFP en la Iglesia de la Santa Cruz, un «refugio de resistencia» durante la dictadura (1976/83), donde se reuní­a con otros que como ella iniciaban la búsqueda de sus familiares desaparecidos.

Esta mujer, pilar de la Asociación Madres de Plaza de Mayo hasta 1993 cuando se alejó por diferencias que no quiere hacer públicas, nunca bajó los brazos desde que el 10 de mayo de 1976 un grupo comando secuestró de su hogar a su hijo Fernando, un estudiante de 23 años que hoy tendrí­a 57.

«En esta Iglesia me casé, viví­ el momento más feliz pero también el más doloroso de mi vida», dice al rememorar aquel 8 de diciembre de 1977 cuando un grupo comando de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) se llevó a varios de sus compañeros.

En aquel operativo, que se extendió entre el 8 y el 10 de diciembre, la Marina secuestró a las monjas francesas Alice Domon y Leónie Duquet, a las Madres de Plaza de Mayo Azucena Villaflor, Marí­a Ponce de Bianco y Esther Ballestrino de Careaga, y a otros siete activistas de derechos humanos.

Fue la puntada final de la infiltración de la entonces incipiente entidad Madres de Plaza de Mayo por parte del ex capitán de fragata Astiz, quien actuaba en la ESMA, el más emblemático campo de exterminio por donde pasaron unos 5.000 prisioneros y sólo sobrevivió un centenar.

«Intentaron frenar a las Madres pero no pudieron. Hoy, 32 años después, siguen marchando cada jueves alrededor de la Plaza de Mayo», advirtió a la AFP Ana Careaga, hija de Esther, conmovida de ver a Astiz en el banquillo, en la primera jornada de audiencias.

Aquel 8 de diciembre los familiares terminaban de reunir el dinero para la publicación dos dí­as más tarde de un aviso pago titulado «Sólo pedimos la verdad» y que incluí­a por primera vez una larga nómina de desaparecidos.

«Todaví­a me pregunto de dónde sacamos el coraje», desliza Marí­a del Rosario, sobre aquel tiempo cuando aún no sabí­an que el régimen habí­a puesto en marcha un plan sistemático represivo que dejarí­a 30.000 desaparecidos, según los organismos de derechos humanos.

Con el falso nombre de Gustavo Niño, Astiz se hizo pasar por hermano de un desaparecido y se ganó la confianza de esas madres, a las que señalarí­a con un beso ante el grupo comando que las secuestró de la iglesia de la Santa Cruz, en el barrio porteño de San Cristóbal.

Aquel 8 de diciembre, asegura, «se llevaron a los buenos, a los mejores, a Marí­a (Ponce) y a Alicia (Domon), a mí­ me empujaron contra la pared porque yo no era nadie», dice mostrando la puerta de rejas que separa el patio del templo de la calle Estados Unidos, de donde fueron llevadas sus compañeras.

Azucena Villaflor, fundadora de la entidad humanitaria, fue secuestrada dos dí­as más tarde en plena calle, cerca de su casa. Duquet de su residencia.

«Astiz estuvo seis meses caminando con nosotras. Dos madres lo acompañaban siempre, lo querí­amos proteger porque era joven y temí­amos por él. Lo peor es que fí­sicamente se parecí­a mucho a Azucena», evoca Cerruti.

Con el mismo cinismo, Astiz ingresó el viernes al tribunal, esposado a otro marino acusado, exhibiendo desafiante el libro «Volver a matar», de un ex jefe de inteligencia de Carlos Menem (1989/99) que habla de la lucha antiguerrillera en los setenta.

La Iglesia que les dio cobijo en dictadura volvió a darles refugio en 2005.

Desde entonces, descansan en el patio del templo los restos de Duquet, Ballestrini, Ponce y Angela Auad, recuperados e identificados tras estar enterrados sin nombre desde 1978 en un cementerio de la costa atlántica argentina.

Sus cuerpos y el de Azucena, también recuperado pero enterrado en la Plaza de Mayo, fueron devueltos por el mar donde habí­an sido arrojadas en los llamados «vuelos de la muerte». Domon y el resto del grupo siguen desaparecidos.