Desde que el Estado, años ha, muestra regulación cero en sus funciones inherentes y sigue lo mismo, todo hizo un despelote en nuestro medio. Y como siempre el pagano es el público, puesto que las consecuencias están a la vista cada día, a punto de semejar una auténtica olla de presión.
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Pero qué contribuye a esa postura ingrata, dañina en extremo, no cabe duda las infaltables presiones de poderes fácticos lograron su propósito de salirse con la suya. Así las cosas, nada ni nadie efectúan control sobre asuntos prioritarios que lesionan los intereses y necesidades colectivas.
Cheque en blanco tienen en sus manos dichos poderes, libertad absoluta en el inquietante tema de precios, por ejemplo, para elevar a su antojo y beneficio propio, productos, bienes y servicios. De esa cuenta persiste la espiral inflacionaria, responsable del alto costo de vida.
Demás viene a ser enfatizar en los planes gubernamentales acerca de ofrecimientos a montones, dado que a la postre no se ve claro, las actuaciones brillan por su ausencia. Sin embargo, eso exhibe en definitiva la falta total de control, una de sus funciones propias, indeclinables.
Interminable es la lista de casos y cosas donde cualquier hijo de vecino puede darse cuenta exacta de la aludida cero regulación; como para que no lo haga si de inmediato cae duro y a la cabeza cada porrazo. Perder las riendas en la administración pública representa un completo fracaso.
Influye también y de modo directo el hecho de sufrir los resultados de corrientes económicas a tono con la modernización, que como quiera que sea ganan espacio. A menos que tengamos visión con miopía, ello escaparía a nuestra comprensión sujeta además a los convenios suscritos.
El panorama, de más está decirlo, ocupa un sitio enorme plagado de pesimismo creciente, aunque existan clamores desesperados del pueblo, no son ni siquiera escuchados, mucho menos atendidos. La conclusión imposible es ocultarla como se pretende, estamos mal, bien reventados.