La ecología es una ciencia cuyo objeto son las relaciones recíprocas entre los seres vivos, y entre ellos y su ambiente. La ecología no juzga que esas relaciones sean, económica o moralmente, buenas o malas. La ecología no es ecologismo. El ecologismo no es una ciencia. Es una ideología, que pretende juzgar que las relaciones ecológicas son buenas o son malas, e imponer su juicio sobre la bondad o maldad de esas relaciones.
El ecologismo exhibe una monstruosa degeneración, que generosamente denominaremos «ecologismo demencial». Algunos síntomas de esa demencia son sentir melancolía por los extintos dinosaurios, soñar con una vida cavernaria, sufrir por la muerte de un zancudo víctima del insecticida, y anhelar la extinción del género humano. Un somero análisis del ecologismo demencial revela inquietantes casos que reclaman ser objeto de una nueva disciplina psiquiátrica: la eco-psiquiatría. He aquí algunos de esos casos. Caso de angustia primitivista. Por ejemplo, Stewart Brand, autor de «Catálogo Completo sobre la Tierra», ha afirmado: «Ansiamos que ocurra un desastre o un cambio social que nos arroje a la Edad de Piedra, en donde podamos vivir como indígenas en nuestro valle, con nuestro territorio, nuestra tecnología apropiada, nuestros jardines, nuestra propia religión. ¡Libres de culpa finalmente!» Caso de corrupción axiológica. Por ejemplo, Paul Watson, fundador de Greenpeace, ha afirmado: «Tengo la impresión de que, en lugar de que los niños maten pájaros, es mejor matar a los niños que matan pájaros.» Caso de auto-belicismo. Por ejemplo, Thomas Lovejoy, biólogo tropical, ha afirmado: «El planeta está próximo a sufrir un colapso a causa de fiebre. Sin duda ya lo ha sufrido, y nosotros, los seres humanos, somos la enfermedad. Debemos estar en guerra con nosotros mismos y nuestro estilo de vida.» Caso de temor recreativo. Por ejemplo, Jonathan Schell, autor de «Nuestra Frágil Tierra», ha afirmado: «Principalmente es necesario aprender a actuar decisivamente para prevenir posibles peligros, aun cuando sepamos que probablemente nunca ocurrirán.» Caso de inmoralidad deliberada. Por ejemplo, Stephen Schneider, científico notable, ha afirmado: «Tenemos que describir escenarios aterradores, hacer afirmaciones simples pero dramáticas, y no mencionar cualquier duda que tengamos. Cada uno de nosotros tiene que decidir cuál es el equilibrio correcto entre ser efectivo y ser honesto.» Caso de regresión delirante. Por ejemplo, la institución «Â¡Tierra primero!», ha afirmado: «Si los ambientalistas radicales tuvieran que inventar una enfermedad que logre que la humanidad vuelva a tener una vida sana, esa enfermedad sería probablemente el Síntoma de Inmuno Deficiencia Adquirida. Esta enfermedad tiene el poder de acabar con el industrialismo, que es la causa principal de la crisis ambiental.» Caso de cretinismo licencioso. Por ejemplo, Carl Amery, político dedicado a promover el ecologismo, ha afirmado: «Nosotros, miembros del movimiento verde, luchamos por una cultura en la cual el asesinato de un bosque sea considerado más despreciable y más delictivo que venderle niñas de seis años a los prostíbulos asiáticos.» Post scriptum. Y un último caso: idiotismo creativo. Por ejemplo, Helen Caldicott, pediatra australiana, integrante de la Asociación de Científicos Preocupados, ha afirmado: «El capitalismo está destruyendo la tierra. Cuba es un país maravilloso. La obra de Fidel Castro es extraordinaria.»