CASCOS AZULES IMPOTENTES


Cascos Azules captados en acción durante un patrullaje en el Congo.

Los cascos azules de la ONU son acusados de impotencia en la guerra que se libra en el este de la República Democrática del Congo (RDC) y en la defensa de la población civil, lo que es atribuido por los analistas a la falta de medios humanos y logí­sticos.


Pese a la presencia en la provincia de Kivu Norte (este de la RDC fronteriza con Ruanda y Uganda) de 5.800 cascos azules -600 de ellos uruguayos- los rebeldes tutsis de Laurent Nkunda lograron llegar a finales de octubre a una quincena de kilómetros de Goma, la capital provincial, y avanzan hacia la ciudad estratégica de Kanyabayonga.

La semana pasada, y también ante los ojos de los cascos azules, se cometieron en Kiwanja «crí­menes de guerra», según Alan Doss, jefe de la misión de Naciones Unidas en la RDC (MONUC), que tiene en esa localidad una base con unos 140 hombres.

Esto, sin embargo, no habrí­a debido producirse, pues el mandato de la MONUC, pese a ser fuerzas de paz, autoriza a sus hombres a disparar para proteger a los civiles.

Por eso, ante lo sucedido en Kiwanja, la ONU hizo un «mea culpa» y reconoció que habrí­a tenido que proteger a los civiles, según el jefe de las misiones de paz de Naciones Unidas, Alain Le Roy.

En cuanto a Goma, la MONUC disparó ya en varias ocasiones contra los rebeldes y está reforzando sus efectivos.

Su objetivo es evitar que se repita lo sucedido en 2004, cuando los hombres de Nkunda se apoderaron brevemente de Bukavu, en la provincia de Kivu Sur (limí­trofe con Ruanda, Burundi y Tanzania), pese a que allí­ habí­a desplegados 600 cascos azules.

Estas y otras crí­ticas recurrentes se transformaron en auténtico malestar en los altos mandos de la MONUC y provocaron la dimisión de su comandante, el español Vicente Dí­az de Villegas, a finales de octubre, en el peor momento de los enfrentamientos entre ejército congoleño y rebeldes.

Aunque Dí­az de Villegas adujo razones personales, fuentes diplomáticas dicen que se marchó porque no tení­a los medios para cumplir con su misión.

La MONUC lleva desplegada en la RDC desde 2001 y está considerada como la misión de paz de la ONU más importante en el mundo con sus 17.000 soldados, de los que 1.300 son uruguayos.

Pese a esa amplitud, hay que tener presente que actúa en un paí­s tan grande «como el territorio que va desde Portugal a Rusia», subrayó Pierre-Antoine Braud, cofundador de la ONG Bridging International.

En este sentido, Doss reclamó a principios de octubre 3.000 hombres suplementarios. Sin embargo, su petición sigue, hasta el momento, desoí­da.

No obstante, más que soldados suplementarios, la MONUC necesita «mejores medios» de información (imágenes de satélite y aviones sin piloto) para conocer los movimientos de los rebeldes, estimó Xavier Zeebroek, del Grupo de Investigación e Información sobre la Paz y la Seguridad (GRIP) en Bruselas.

Además, sólo dispone de 1.100 millones de dólares al año, el equivalente a «una semana de presencia estadounidense en Irak», recalcó Braud.

«Los rebeldes la acusan de luchar en su contra y el ejército de no luchar lo suficiente a su lado. Y la población de que no la protege. Resultado: ¡nadie confí­a en ella!», resumió Zeebroek.

Por si esto no bastase, las operaciones intempestivas del ejército congoleño contribuyen a su descrédito, según una segunda fuente diplomática, que también mantuvo su anonimato. Las tropas regulares «empiezan acciones sin coordinación con la MONUC y a continuación le piden ayuda cuando es la desbandada», denunció.

En todo caso, «sin la MONUC, la situación serí­a mucho más grave» en la RDC, insistió esta fuente al recordar uno de sus éxitos: la celebración pací­fica, en 2006, de las primeras elecciones libres en el paí­s africano desde 1965.

En el este de Congo se desarrolla una rebelión tutsi que combate al ejército de la RDC, a las milicias hutu y a las milicias Mai Mai (progubernamentales).

Los hutus radicales se refugiaron en la RDC después del genocidio que dirigieron contra los tutsis y hutus moderados, que cobró unos 800.000 muertos, cuando gobernaban Ruanda en 1994.

Posteriormente, estalló una guerra en ífrica Central entre 1998 y 2003, que opuso a Ruanda, Burundi y Uganda en apoyo a rebeldes congoleños por un lado y el gobierno congolés de Laurent Kabila (padre del actual presidente, Joseph Kabila), apoyado por Angola, Zimbabue, Chad, Sudán y Namibia.

Más de 3,5 millones de personas murieron en esa guerra, según algunas estimaciones.

Los soldados de la ONU «son guardabarreras. Cuando algo no va, ellos se salvan», criticó una fuente diplomática que pidió el anonimato.