Carta a un prisionero


Escribo este texto a un hombre con quien jamás he cruzado una palabra. Un hombre que está prisionero (y no privado de libertad). Uno de los pocos hombres q»eqchi»s del que se puede leer en los medios, aunque no por su lucha sino por su criminalización por ser campesino. Un hombre que no me conoce y que muy probablemente, por su condición actual, no pueda jamás leer esta especie de carta.

Gerson Ortiz
usacconsultapopular@gmail.com

He de citar que este hombre se le ha escurrido de entre los brazos a la muerte desde niño, según cuentan aquellos que lo vieron dar los primeros pasos (y desde los cuales ya no se detuvo); pues crece durante uno de los perí­odos más crueles del conflicto armado interno en el paí­s.

La última vez que le jugó la vuelta a la muerte fue el 14 de febrero de 2008, cuando un grupo de militares lo detiene y lo conduce a un terreno baldí­o donde serí­a ejecutado extrajudicialmente. El campesino advirtió a sus captores que ya habí­a dado aviso a su familia, lo que hace que los brutos soldados consulten con sus superiores sobre la situación y no le quiten la vida. Tiempo después es dejado en prisión y meses más tarde enjuiciado dentro de un proceso penal bastante viciado.

Este hombre enfrentó juicio por los delitos de robo agravado, detención ilegal y usurpación agravada, y fue condenado (en tiempo récord), a una pena de ocho años de prisión por esos cargos. Para muchos ese hombre es un criminal, pero para otros muchí­simos es un ejemplo í­ntegro de la lucha histórica de los pueblos indí­genas por su derecho a la tierra que trabajan y que han tenido que defender con la propia vida.

Sin más, el destinatario de esta carta es el señor Ramiro Choc, a quien sólo pude conocer a través de los testimonios no sólo de su familia sino de los miembros de su comunidad que no podrí­a tener otro nombre: La Unión.

Señor Choc: tuve la oportunidad de visitar su comunidad, ubicada en El Estor, Izabal; y el privilegio de conversar con sus hermanos y hermanas; y me refiero con esto a la sangre y la lucha.

Sus testimonios narraron la constante lucha contra los intereses de la Compañí­a Guatemalteca de Ní­quel (ubicada a un costado de esa comunidad y busca despojarlos de la tierra que les pertenece) y el abandono del Estado en ese proceso, pues éste lejos de buscar una solución racional, legal y efectiva al tema de la tierra ha apoyado las acciones represivas de esa empresa privada y ha abierto fuego contra los miembros de la comunidad en diferentes desalojos.

Sin embargo, señor Choc, en esta especie de carta no quiero comunicarle algo que de sobra conoce, pues ha acompañado esa lucha durante años. Quiero con este sencillo texto que sepa que quienes lo encerraron no tienen ninguna razón para bailar de alegrí­a, al contrario compañero; se retorcerán desde su hiperbólica opulencia y menguarán sus sonrisas estiradas e hipócritas porque la semilla que usted sembró ha dado frutos inapelables. Su comunidad es libre.

«Yo no sé qué se creen esos de la Compañí­a (Guatemalteca de Ní­quel), pero nosotros no nos vamos a dejar que nos sigan matando y quitando la tierra. Vamos a pelear», fueron las palabras de su hermana Marí­a Choc en uno de los testimonios.

Aunque sé lo duro que es estar lejos de la gente que uno ama, no podrí­a, señor Choc, saber referirme ahora a cómo es estar ahí­, prisionero de un sistema que históricamente ha favorecido a unos cuantos. Pero puedo asegurarle, aunque no sirva de mucho, que aquí­ afuera, a pesar de todo, todaví­a hay utopí­a y su lucha, la de sus hermanas, sobrinos, cuñadas, compañeros y compañeras de La Unión son esa utopí­a.