Carnaval


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No me imaginé jamás, por ignorancia quizá, que en Alemania tuvieran tanta ironía y sentido del humor. Lo cierto del caso es que contrario a mis creencias e impresiones en el trato cotidiano con personas de este país, no había visto pasión en sus acciones –con excepción del Oktoberfest por supuesto, la euforia por celebrar dentro de una carpa y beber en tarros gigantes es asombrosa.

Claudia Navas Dangel
cnavasdangel@yahoo.es

 


Sin embargo, esta semana fui testigo de cómo la política, hablando correctamente, las acciones de Christian Wullf, hasta hace unos días presidente de Alemania, indignaron de tal forma a las y los ciudadanos Deutscher, lo cual evidenciaron con mucho sarcasmo en esta fiesta precuaresmal, que por cierto se disfruta mucho por acá, aunque tampoco lo hubiera pensado.
Eso me hizo pensar lo irresponsables que somos quienes nacimos en Guatemala al dejar pasar siempre todas las sinvergüenzadas de quienes nos han gobernado y que en comparación con lo ocurrido acá son extremadamente terribles. Una acción como la de Wullf en Guatemala no hubiera causado ni cosquillas.

Así las cosas, tolerantes o mejor dicho aguados de carácter, miedosos, incrédulos y dejados, se nos montan encima, nos roban, se ríen de nosotros, nos limitan, nos avergüenzan y encima les damos puestos en el Parlacen –a los meros cabezones–, nos da tristeza cuando se les acusa, como en el caso de Portillo, los justificamos y defendemos incluso como ocurre cuando se señala a Berger y encima se les perdonan –algo que de seguro pasará– los crímenes –no hablo de robos gigantescos–, las masacres cometidas, abanderados con la mentira de la defensa de la soberanía del país.

A los segundones, tercerones y demás –no digo gatos porque respeto demasiado a ese maravilloso animal–, los vemos luego en carrazos, con mansiones, viajando de un lado a otro y dándose la gran vida con lo obtenido en el tiempo que pasaron –no trabajaron– en el Gobierno, mientras en Guatemala mucho más del 75 por ciento de la población que labora devenga menos de 700 dólares, dinero que le era insuficiente al expresidente Colom para comprar alcohol para sus compañeritos de oficina en una semana.

Al final de cuentas en Guatemala vivimos un carnaval perpetuo, y aunque a veces creamos que quienes deambulan por el Hemiciclo, el Palacio Nacional y otras entidades oficiales son unos payasos, con el perdón de estos artistas, los payasos terminamos siendo nosotros, el pueblo, objeto de la risa de quienes elegimos con mal que bien alguna esperanza, sin ver luego ningún beneficio para el país.