Carmen Posadas: «Escribir es intentar ser un dios»


Carmen Posadas es una de las más destacadas escritoras en lengua española. A su vez es una mujer inteligente, refinada y fascinante. Algunos la podrí­an comparar con Gertrude Stein o Victoria Ocampo, pero la diferencia consiste en que Carmen es mejor escritora que ambas; o con la deslumbrante belleza de Eunice Odio, con la que creo tiene muchas cosas en común.

Por Leo Zelada

Premio Planeta de Novela y el Premio de Cultura que otorga la Comunidad de Madrid. Es en la novela de intriga y misterio donde se puede comprender en su real dimensión el aporte que hace Posadas a una literatura como la española, atravesada por el plano realismo. Comparto pues con ustedes esta entrevista a Carmen Posadas, a propósito del lanzamiento de su nueva novela titulada Invitación a un asesinato.

– Cuando Borges recuperó en su época lo que era considerado como un sub-género, la literatura fantástica, empezó una reivindicación de formas alternativas al dominante realismo en la literatura castellana, que no ha parado hasta ahora. Sin embargo, la narrativa de misterio e intriga era como el patito feo de nuestra tradición, hasta que llegaste tú, Carmen. Dime ¿cómo nació y se desarrollo en ti esta pasión por este género literario?

– ¡Gracias por el súper piropo! Mi interés por el género es antiguo y nace, como no, como lectora. Desde que mi padre nos leí­a a Sherlock Holmes cuando éramos niños, no he dejado nunca de lado el género policiaco. Además, es el vehiculo ideal para una propuesta literaria que me resulta ideal: permite dos niveles de lectura, llega a alguien que, simplemente, quiere pasar un buen rato y descubrir quien es el asesino. Pero también interesa a ese lector más cómplice, más avisado al que le interesa la sátira social, el retrato psicológico y un retrato de la sociedad en la que vivimos.

– Me gustó cuando dijiste en una conferencia en Madrid que escribí­as para afrontar tus fantasmas, uno de ellos la muerte, ¿háblame de ello?

– Tradicionalmente se dice que existen dos temas en literatura y que todos los demás son derivados de ellos. Uno es el amor, el otro la muerte. El amor es un gran tema pero harto abusado, manoseado incluso. Por eso a mí­ me atrae más la muerte, no por un gusto morboso ni nada de eso, sino porque es la única certeza que tenemos. Es posible que en la vida uno triunfe o no, se enamore o no, sea feliz o no, tenga hijos o no. Pero lo que es seguro es que todos nos vamos a morir, por eso para mí­ es el «gran» tema. La mayorí­a de la gente trata de esconderse, de olvidarse de la muerte. Yo creo que eso es un error.

– A una escritora, aún en pleno siglo XXI, le cuesta salirse de los moldes de lo que se supone debe ser la literatura escrita por mujeres. El ejemplo de Silvia Plath es el más elocuente. Pero hay también el caso de Eunice Odio, cuya belleza y talento provocó en su momento que poetas de Latinoamérica se sintieran amenazados, lo que en cierto modo acabó por motivar su incomprensión. ¿Tú crees que en determinado momentos de tu vida no te no te ha pasado lo mismo?

– Al principio de mi carrera tuve que luchar contra muchos prejuicios. Curiosamente la gente cree que los prejuicios se sufren solo si uno tiene una situación de desventaja, pero no es así­. En mi caso mi aspecto fí­sico, mi situación social, etc, hací­a que nadie me tomara en serio. Pensaban que era una diletante, un ama de casa aburrida. Debo decir que esta circunstancia nunca me preocupó demasiado. Al contrario, fue un acicate. Yo tení­a muy claro que si seguí­a trabajando con ahí­nco y si tenia el talento necesario, tarde o temprano me lo iban a reconocer. Ha sido un camino largo (y no un camino de rosas precisamente) pero soy bastante obstinada de modo que creo que ¡por fin! lo he conseguido.

– El canon nos habla de que lo correcto es crear una literatura seria y profunda. Sin embargo, hay una rica tradición de narrativa de la levedad, en paí­ses como Inglaterra, de las cuales bebes tus mejores influencias literarias. ¿De qué manera adaptas esa tradición a tu obra?

– Yo creo, como decí­a Evelyn Waugh, que la mejor manera de hablar de las cosas más serias es hacerlo en broma. En Invitación a un asesinato se habla de temas terribles: de muerte, de niños robados, de adopciones que fracasan, de inmigración, etc, etc, pero todo ello está envuelto en un aire ligero, humorí­stico, como un suflé, porque como decí­a, en esta ocasión Oscar Wilde, la vida es demasiado seria como para tomársela en serio…

– ¿Se podrí­a decir que hay influencias de la rocambolesca estructura de cierta novela policial en tus textos? Lo digo en el sentido del vértigo con el cual armas el esqueleto de algunas de tus novelas.

– Me encanta el vértigo. La vida es un vértigo permanente y la literatura que aspira a retratarla, también lo es. Yo intento que la estructura de mis novelas sea con un vértigo, pero nunca un caos. No me interesa el caos. Es más, creo que escribir consiste precisamente en ordenar ese gran caos que es la vida. En ella las cosas son incomprensibles, arbitrarias, imprevisibles. La misión de la literatura es intentar dar una explicación a todo esto. Por supuesto no se trata de hacer moralina con la literatura ni dar lecciones. Se trata de acotar una situación para que el lector se vea retratada en ella y diga: «Si esto es así­, a mi me pasó».

– Algo que me encanta de tus personajes femeninos es la forma como asumen el dolor y la tragedia, lo hacen con una extraña mezcla de absurdo, fatalidad y tristeza. Atrapadas en un laberinto de pasiones de las cuales no pueden escapar. ¿Cómo es tu relación con tus personajes?

– Es una relación extraña. El tópico es decir que los personajes son como hijos de uno, pero no es verdad. Yo entre mis hijas no hago diferencias, las quiero igual, las trato de ayudar igual. Con mis personajes en cambio soy muy caprichosa, algo así­ como un Dios muy arbitrario. A unos los quiero más que a otros, a uno los salvo y a otros los condeno. No tengo ningún escrúpulo con ellos. Es que está feo decirlo, pero escribir es intentar ser un Dios. Algunos escritores son dioses buenos que tratan de crear un mundo mejor que el que existe. Yo no siempre soy buena. A veces el mundo que creo es muy inmisericorde, pero es porque la vida es inmisericorde, lo demás son novelitas rosa. Ahora eso sí­, muchas veces salvo a mis personajes en el último momento, me gusta copiar las carcajadas del destino, pero también esas carcajadas a veces hacen que gane el bueno al final de la historia.

– Veo que eres admiradora de lo bello, y veo poesí­a en tu prosa. ¿Qué es la belleza para Carmen Posadas?

– ¡Uf! Qué pregunta difí­cil. Para empezar, la belleza es una arbitrariedad, una injusticia. ¿Por qué una persona es bella y otra no? ¿Por qué un libro está lleno de talento y otro carece de él? Se puede decir que existen dos tipos de belleza. Lo que uno disfruta (la naturaleza, el mar, la poesí­a, etc.) y otra la que uno sufre (la belleza fí­sica de alguien que hace mal uso de ella, la que uno intenta atrapar escribiendo y no lo consigue). Una da mucha felicidad y por suerte está también por todos lados. Disfrutemos de ella y olvidemos la otra…

– ¿Se podrí­a decir que más allá de los tópicos de la escenografí­a y la descripción de la alta sociedad que haces en tus libros, tu literatura es una crí­tica sutil a la impunidad?

– Sí­, me encanta que te hayas dado cuenta de eso. A todos nos gustarí­a ser impunes, es una aspiración entre infantil e inevitable. A mí­ me molesta la gente que se cree impune y que piensa que no tiene que dar cuentas a nadie de sus actos… Son unos grandes egoí­stas. Pero para eso sirve también la literatura, para «castigar» a los impunes. Si la vida no lo hace, que lo haga al menos la literatura (y a veces ese castigo puede ser mayor de lo que parece).