Carlos Martí­nez Durán: un destino ejemplar


Jorge Mario Garcí­a Laguardia

Haciendo memoria, no logramos captar qué fue lo que más estimamos en Carlos Martí­nez Durán. ¿Su compostura? ¿Su sólida formación francesa unida a nuestro emocionado quehacer provinciano? ¿Su parnasiano estilo confundido con guatemalteca picaresca? ¿Su extraordinariamente lí­mpido espí­ritu donde el escepticismo y el odio no tuvieron cabida? ¿Su radical asombro de corte liberal acostumbrado a las grandes y claras lí­neas, ante el amplio y confuso espectro de las nuevas corrientes polí­ticas? ¿Su racional ingenuidad al narrar su experiencia polí­tica de gobierno como Ministro de Educación, en un momento calificado por el canibalismo, la espontaneidad, las fuerzas primarias y la violencia? ¿La ternura con que se extasiaba ante sus libros y objetos y los mostraba a sus amigos? ¿El vivir en Leuconoe de Pinula, entre flores meticulosamente custodiadas y amadas, grandes árboles, libros, documentos, pinturas y doña Leonor? ¿El entusiasmo -que nunca comprendimos- por su propia genealogí­a con todo y árbol pintado en la pared de su sala? ¿Su amor fí­sico por Guatemala? ¿El afecto por nuestra ciudad, sus calles, leyendas, sus personajes? ¿Su admiración y cariño por mi Antigua? ¿Su honradez universitaria y su devoción y lealtad por la de San Carlos? ¿Su colección de fotografí­as? ¿El haberse muerto de pie, trabajando su último libro, su estudio de Rodó? ¿Su hermosa biblioteca alejada de la casa central…?

No lo imaginamos como lo vimos la última vez en Leuconoe. Una larga tarde que encendió nuestros espí­ritus en un diálogo vivaz. ¿Te recordás Carlos Caal? ¿Te recordás Tono Móvil? Alrededor de largos tragos de ron hospitalario, nos dejamos llevar por Martí­nez Durán a su propio hábitat: de agudeza, de arte, dulzura, emocionado patriotismo, lealtad universitaria, seriedad académica, categorí­a…

Por alguna razón, pensamos al despedirnos, bien entrada la noche, que no le volverí­amos a ver. Observador participante de su cruel mal -que cuidadosamente ignoraba coloquialmente- esta vez se refirió a él. Las enfermedades agudas son biológicas ?recordó-, pero las crónicas son biográficas. No sufren, se viven. Y ante lo irreparable -artista al fin- se limitó a marcar laboriosamente su propio inventario, y a esperar…

El homenaje a Martí­nez Durán está en su propia vida y obra. La Universidad de San Carlos -a quien pertenece- deberá publicar la inédita. Su epistolario, seguramente archivado con esmero, deberí­a conocerse, en una colección que recogiera sus joyas iconográficas.

Guardo con gran afecto, las dos últimas cartas que de él recibí­ en ciudad de México. Son un hermoso autorretrato. Su propio homenaje. Aquí­ están:

Guatemala, 3 de noviembre de 1972

Sr. Dr. Jorge Mario Garcí­a Laguardia

México. D.F.

Muy distinguido y fino amigo:

Revisando y clasificando correspondencia me encuentro varias suyas de Europa, y una tarjeta de 1963, es decir casi una década, del Lago Maggiore y de las bellí­simas islas, todo verdor y luz. Tal encuentro se une a lo más nuevo, la Revista de la UDUAL, no 48, con su amabilí­simo y generoso comentario. Gracias por no haberse detenido en su lectura, y por eso que usted llama «espí­ritu extraordinariamente lí­mpido», un juicio avalado por usted que me llena de satisfacción.

Usted, como peregrino, sabe también el gozo del viajar buscando paisaje y hombre, macrocosmos y microcosmos en la más suntuosa capital o en la más humilde villa.

Hace tres siglos, Tomás Sydenham, médico inglés, decí­a que las enfermedades agudas son biológicas y las crónicas, biográficas. El vivir largamente su propia patologí­a y los pasos tardos o veloces de la muerte inevitable nos lleva a esas Meditaciones que usted bien valora en su angustia y en su religación con Dios.

Mil y mil gracias. Salude cordialmente al Dr. Del Pozo, felicí­telo por el nuevo número, siempre excelente, y hágale ver esa verdad que usted ha puesto tan bien en su comentario: «vinculación permanente y apasionada» con la UDUAL.

Espero que su trabajo sea feliz. Y que pronto nos vaya dando más libros, en búsqueda de esa OPERA OMNIA que tanto amamos.

Un abrazo cordial. No deje de venir a mi casa cuando vuelva al Alma Mater o a la Cara Parens.

Dr. Carlos Martí­nez Durán

Guatemala, 22 de octubre de 1971

Muy estimado amigo:

Su carta de 10 del mes en curso me agradó bastante, pues el hecho de trabajar en la Unión de Universidades Latinoamericanas, es una satisfacción para todo guatemalense, pues esa para mi muy querida e inolvidable institución internacional, nació en la Universidad de San Carlos durante mi primer rectorado.

Me alegra que haya sido tan rápida la adaptación al nuevo medio, más o menos semejante al nuestro, pero nunca igual a la casa, a la patria, insustituibles.

Leí­ no hace mucho un pequeño libro sobre la diferencia entre nostalgia y saudade, esta última tan grata al oí­do y tan dura en la realidad. La nostalgia viene del nostos y algos griego, es decir el dolor o ausencia de la casa o de lo nuestro, es sentimiento universal y de tipo colectivo. Empero, la saudade, siendo lo mismo, es totalmente personal e intransferible. Espero que ninguno de estos sentimientos le llegue pronto.

Los dos temas de su estudio son apasionantes, uno con toda la fuerza de lo actual y la problemática del inmediato ayer, el otro, investigación seria sobre la obra de un sabio de verdad y de un polí­tico dudoso. ¿Cómo actuarí­a en un imperio y al lado de Iturbide, en un Congreso, un economista calcado en el utilitarismo inglés? Su estudio nos lo dirá, con la verdad y toda la verdad, verbum ad verbum, como decí­an sus colegas de aquel tiempo.

Gracias por lo del Dr. Flores. Es penoso que una obrita como la de las lagartijas de San Cristóbal Amatitlán, sin importancia, haya gozado de la difusión cultural y universal más extraordinarias; y sin embargo sus obras sobre la fabricación de lentes apocromáticos (realizada en la Granja de Madrid), el barco de vapor, y la conservación de las carnes en alcohol, no merecieron esa divulgación. Tengo copias facsimilares de la polémica sobre las lagartijas. Don Antonio León Gama estaba a favor, don Manuel Antonio Moreno y don Alejo Ramón Sánchez en contra. D.J. Vicente Garcí­a de la Vega también tomó parte en las reflexiones. Y gracias a ello, el librito de Flores se tradujo al italiano y al francés. El Dr. Barón Castro, en Madrid, me obsequió también en forma facsimilar la traducción francesa Chez Gastelier Parvis de Notre Dame No. 15 (1788). Esta edición y la italiana de Palermo relatan todos los casos curados con la lagartija, y como siempre, dicen ser un nuevo especí­fico aportado por México.

Mil gracias por todo. Los mejores votos para su investigación. Siempre a su cordial mandar.

Dr. Carlos Martí­nez Durán.