En el país, visto está, no llueve parejo. Tras cierta canícula, los aguaceros vuelven a ocasionar dificultades. Así sean de orden humano como material. El caos vial exhibe su rostro con mayor fuerza, aquí y allá. A consecuencia del enorme parque vehicular, cuya presencia agota la paciencia, también los bolsillos de conductores.
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Hasta hace poco este problema lo sentían los automovilistas capitalinos. En tanto hoy en día el irresoluto caso fuera de serie, involucra a las comunidades del interior. De preferencia cabeceras departamentales, de igual manera saturadas de automóviles, debido al desarrollo y relativo progreso que exhiben nuevas tarjetas de presentación.
La ciudad capital, de suyo predispone al aludido caos. Factores diversos contribuyen al cuadro crítico en ese sentido. Pero a la cabeza se ubica la estrechez de la casi totalidad de calles y avenidas. Estamos en general en el mismo trazo al servicio de los automotores, cuando los tiempos modernos exigen la deseable viabilidad y rapidez.
Cajonero resulta, sin asomo de duda, el hecho de embotellamientos mayúsculos sobre todo en horas pico. Es notorio que en tales condiciones sale a luz la poca educación vial. El irrespeto a los demás, nada qué ver. Inclusive el ambiente propenso a la violencia, indispone demasiado, a punto de generar incidentes ahora resueltos a punta de pistola.
No podemos ignorar algunos trabajos de infraestructura física, a cargo de la Municipalidad. Que pasos a desnivel, rotondas, cambio de rutas o vías, señalizaciones. Empero, aun distan de satisfacer el desmedido crecimiento de vehículos, una verdadera gama de modelos. Asunto conformante de la imparable contrapartida en avance ostentoso.
Esta condición del régimen lluvioso disparejo trae consigo molestias a granel. Calzadas con nombres diversos, apenas caen las copiosas lluvias se tornan en diluvios inundando a diestra y siniestra. Por lo tanto las unidades de transporte liviano o pesado suelen quedar cubiertas. Grave peligro, si tomamos en cuenta la osadía imperante.
Que protagonizan conductores compulsivos, ajenos a medir esa cuota adicional que es evidente a tiempo del caos en mención. Hay que darles importancia a los voceros del departamento de tránsito municipal y policíaco. Hacen recomendaciones, inclusive mediante el auxilio de la tecnología, apoyados por los medios de comunicación social a diario.
Tiene importancia, se sobreentiende, la información a que nos referimos. Sin embargo, deben moderar el ingrediente de publicidad. Salta a la vista en los casos en mención que se les pasa la mano. Toda actividad puesta en práctica significa gorda obligación en favor del vecindario y usuarios. No constituye nada tipo milagros, que quede claro.
Junto a las lluvias copiosas constituyen más y más problemática el paro de «camionetas» cansados los pilotos y ayudantes de tanta extorsión. La población activa, obligada a movilizarse a sus trabajos y hogares, sufren lo que no está escrito. Equivale a un verdadero calvario tal anormalidad, castigo de sus quetzales devaluados.
Aparte del caos vial ocasionado por las lluvias epocales, no puede obviarse que el pavimento demasiado húmedo, endosado al aceite derramado sobre el asfalto aumenta el riesgo. Graves accidentes sobrevienen de inmediato, capaz de complicar todo desplazamiento. La prudencia, deberá siempre ir en la mentalidad de todo conductor a montones.
La situación prevaleciente grosso modo por los aguaceros dan qué hacer dondequiera, en la capital y el interior. La red vial del país desempeña un protagonismo de primera plana. Razón poderosa que exige su mantenimiento, sin regatear costos, Eso sí, tampoco es para que cualquier trabajo sean sobrevaluados sus costos.