Mario Moreno Reyes, Cantinflas, subsiste en el gusto de la gente porque supo encarnarse en personajes extraídos del mismo pueblo. Al principio, apareció como el peladito, una analfabeta sin oficio ni beneficio. En esa primera etapa hubo más preocupación por el arte escénico que por forjar un estilo de vida. Sus personajes iniciales no se dejaron dominar por situaciones extraordinarias, inexplicables y repentinas. Tampoco terminaron reconocidos como héroes y ejemplos para la sociedad. El payaso original se transformó hasta representar las ocupaciones más variadas (policía, bombero, cartero, sastre, soldado, conserje, barrendero, etcétera). Llegó a ser el sinónimo de la temeridad y, mientras más quiso moralizar con sus personajes, menos se concentró en la calidad del cine que hacía. Al final, las situaciones excepcionales terminaron por apoderarse de esas interpretaciones, desprevenidas y dispuestas a cualquier sacrificio.
En la mayoría de sus caracterizaciones, Cantinflas demostró una gran facilidad para meterse en líos y para enamorarse. Los distintos planteamientos de sus películas se resolvieron dentro de la constante del juego. Sus amores de barrio lo llevaron por el camino inevitable de proteger a la mujer, con su proyección de macho inofensivo.
Entre todo lo que pudo darnos -la presteza para hacernos reír, su ingenio para resolver los problemas más difíciles, la amplitud de las emociones que abarcaron sus personificaciones, su preocupación por los niños-, Mario Moreno Reyes fue más allá de sus famosos laberintos verbales en la pantalla. Lo dijo todo porque esperábamos la esperanza. Siempre pareció muy seguro a la hora de enfrentarse a supuestos imposibles, en un reto constante para elevarse sobre sí mismo y darle un sentido pleno a la vida. Una vida que quería ser todas las vidas.
Aunque sus personajes no fueron menesterosos todo el tiempo, éstos no estaban sometidos al poder por esa gran lección que quiso darnos: debemos ganar el mundo para nosotros y no que el mundo nos gane.
Cantinflas representó también un reto permanente para quienes disfrazan los afanes de dominación con las buenas maneras y el buen decir. Con él quedó una evidencia más de que el pueblo es el auténtico gobernante de la lengua.
Cuando Mario Moreno nos dijo: «El mundo debería reír más, pero, después de haber comido», nos alertó que la búsqueda de la justicia es mejor si va acompañada de la alegría; esa alegría que proviene de amar más la vida.