Algo pasa con los funcionarios de la UNE que sienten tener una trayectoria que los pone más allá del bien y del mal. Primero fue Eduardo Meyer, quien fue rector de la Universidad de San Carlos y Ministro de Educación, pero cuando llegó con el partido oficial a la presidencia del Congreso bajo sus barbas le escamotearon 82 millones de quetzales y ni cuenta se dio. Por lo menos eso es lo que él sostiene públicamente porque prefiere quedar de papo que de largo.
Ahora es el Vicepresidente de la República, autonombrado zar contra la corrupción en este gobierno con base en sus credenciales como cardiólogo muy conocido por los guatemaltecos que buscan atención en Houston, Texas, a quien su gente de confianza le juega una mala pasada, porque resulta que en sus mismas barbas, su secretario privado y otros empleados de la vicepresidencia estaban recetándose sueldos con doblete, utilizando para el efecto el Plan Trifinio de donde sacaban otro jugoso salario. Hace poco el doctor Espada dijo que la corrupción está en todos lados, señalando de manera concreta al Gobierno, al sector privado, a las universidades y a la prensa, pero no dijo que la tuviera tan cerca, en su mismo despacho. La verdad es que, como él dijo, está en todos lados y no se escapa a ese señalamiento terrible ningún sector porque la contaminación es total y absoluta, facilitada por un sistema hecho para robar, para facilitar el enriquecimiento ilícito e inmoral de muchísima gente que con la derecha o con la izquierda, se embolsa dinero que no le corresponde y, lo más grave, que hace mucha falta para atender ingentes necesidades sociales. Como en el caso de Meyer, es obvio que el Vicepresidente no se dio cuenta de lo que estaban haciendo en el despacho contiguo al suyo, porque de haberlo visto seguramente que no hubiera despedido por reorganización al funcionario que se estaba embolsando un sueldo incorrecto, sino que lo hubiera enviado a la cárcel para sentar un sano precedente que buena falta nos hace. Así como hay que sentar precedentes con la evasión y tienen que denunciarse a los periodistas faferos o a los académicos que usan las universidades para malsanos intereses personales, vendiendo títulos o distinciones, tienen que ser denunciados los funcionarios que hacen mal uso del dinero. Afortunadamente en el mismo Gobierno hay por lo visto gente que está «ojo al cristo», como decimos en el chapín coloquial y filtra oportunamente esos signos de alerta que tienen que servir para dimensionar cuán grave es la situación. Y si eso pasa con partidas presupuestadas de la vicepresidencia, ¿puede ocurrir algo similar con los millones de Cohesión sobre los que no quieren rendir cuentas? El doctor Espada tiene la palabra.