Cancún


Más de 1,100 millones de dólares es el agregado que los mexicanos han puesto sobre la deuda que ya viene jalando el pueblo sobre sus espaldas, con la finalidad de combatir el cambio climático. Se calcula que, en términos generales, los mexicanos llevan una carga de 40 mil pesos por cabeza, debido al endeudamiento de la economí­a de ese paí­s norteamericano. La noticia de la nueva deuda de México, so pretexto de combatir el cambio climático se dio a unos dí­as del inicio de las negociaciones de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP16), que inició en la ciudad de Cancún del 29 de noviembre al 10 de diciembre de 2010.

Roberto Arias

México, como paí­s anfitrión, es el responsable de conducir las negociaciones, a pesar de que a nivel doméstico el Gobierno ha sido censurado por la sociedad civil por alimentar un discurso doble, con el que intenta asumir un liderazgo, a elevación internacional, en la moderación del cambio climático, mientras que su polí­tica pública permanece en la explotación y dependencia económica del petróleo. De acuerdo con organizaciones de la sociedad civil, la deuda externa de los paí­ses pobres está directamente ligada a la imposición de polí­ticas económicas y públicas que fomentan la explotación irracional de recursos naturales a favor de empresas transnacionales, generando con ello mayor deuda ecológica. El propósito ambiental se está prostituyendo y el verdadero espí­ritu del ambientalismo se está convirtiendo -o ya se convirtió- en un instrumento más para hacer dinero y promover mayor consumo global. Como se expresa en corrillos, ahora los Estados buscan la manera de cobrar por la conservación de bosques con la finalidad de que los paí­ses dominantes puedan consumir y contaminar más, con la conciencia limpia, porque ya pagaron en efectivo, a paí­ses pobres, su derecho a contaminar. Pero los informes proporcionados por la Organización Meteorológica Mundial son claros: los niveles de concentración en la atmósfera de los gases causantes del efecto invernadero han alcanzado su nivel más alto desde el inicio de la Revolución Industrial. La humanidad, como ha sido desde sus inicios, escucha… mira y se lamenta, pero no acciona como deberí­a accionar para protegerse de la hecatombe que ya se perfila como la nube más negra que ha visto desde siempre. Desafortunadamente puede apreciarse que Cancún podrí­a ser únicamente un encuentro de transición entre Copenhague y el que se teme podrí­a ser la reunión «definitiva» sobre cambio climático: Durban; ideada como la última coyuntura para entablar una táctica común para la protección medioambiental. Si fracasa la reunión de diciembre de 2011 en Sudáfrica, es posible que los paí­ses comiencen a desarrollar estrategias unilaterales, bilaterales como mucho, y sin consenso internacional, según los expertos. Si más adelante cada quién quiere, unilateralmente, reducir el impacto del calentamiento global, se cree que habrá paí­ses que tomen decisiones equivocadas. Por esa razón y por muchas más que serí­a largo enumerar, se debe conservar la acción multilateral para que se vayan obteniendo consensos con respecto a los sistemas que puedan reducir de la manera más rápida la emisión de gases de efecto invernadero. La situación global, bajo esta óptica, es sumamente delicada y frágil para la humanidad en el corto y mediano plazo. Veamos si, en Cancún, gana el pulso el gran capital o el buen juicio.