Continuamos en esta columna de los sábados con el gran músico alemán Gustav Mahler. Música en verdad auténtica, pura y única, como Casiopea, esposa dorada de miel, a quien amo, como amanecida fruta de mis dedos sensitivos, y en la conquista vivienda de su corazón alado, en quienes deposito el raudo polvo de mi cotidiano anhelo, y en la multiplicada noche que la nombro, porque es una ecuación de amor que esplende en mí, sangre apasionada.
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela A mi padre, maestro Celso Lara Calacán, con inmenso amor.
Canciones para los niños muertos
Mahler encontró los textos sublimes de sus «Canciones a los niños muertos» en el ciclo de poesías del mismo nombre; su autor, Friedich Ruckert, había llorado en ellas la muerte de sus dos hijos. Cualidad rara en un músico, Mahler poseía el talento de escritor; escogió entre esta colección de versos nobles y mediocres cinco poesías de una perfección absoluta y subrayó la belleza que contenían, modificando sus elementos, así como si nada hubiera ocurrido. Este contraste, al principio entristecedor, se convierte en consuelo: «Una lucecita se extingue en el firmamento, ¡Gloria a la alegre luz del mundo!» Los sonidos consoladores de los oboes son interrumpidos varias veces por las notas del carillón, el cual simboliza los golpes del destino. Un corto intervalo instrumental reproduce el embate del dolor. La bienvenida al sol suena mortecina, como si fuera pronunciada por un enfermo recién curado. También el golpe de gong, con que concluye la pieza, continúa dentro del ambiente trágico.
Nun seh´ich wohl, warum so dunkle Flammen «Ahora veo por qué en estas llamas sombrías se oyen los velados sonidos de los terrones de tierra que caen sobre el pequeño sepulcro. El padre, destrozado huye a la insoportable realidad evocando el pasado. ¡Cómo brillaban los ojos del niño hace un instante! Pero el dolor de ahora se cobijaba en las brumas del pasado. Sus ojos no parecían ahora estrellas y su luz no significaba nada. Mas, cuando nos apaguemos, ¿las luces nocturnas del firmamento harán que os acordéis de nosotros? Wenn dein Mutterlein «Cuando tu madrecita…» El padre observa que cada vez que la madre entra en la habitación su primera mirada se dirige al lugar donde solía jugar la niña. ¿Su hija estaba muy cerca del corazón de la madre? Todo el amor de los padres resurge en la melancólica canción de cuna, interpretada por el corno inglés; los velados sonidos de los cellos en pizzicato sugieren las lágrimas consoladoras. El dolor es tan grande que el alma busca consuelo en pensamientos ilusorios: ¡Oft denk ich, sie sind ausgegangen! ¡Bald werden sie wiedere nach Hause gelagen! «Muchas veces pienso que han salido. Pronto estarán de nuevo en casa». Pero este pensamiento ilusorio se convierte en realidad metafísica: Ellos nos han precedido en la morada del Padre Eterno, en la que estaremos nosotros también. Los violines entonan una leve marcha de ángeles que se alza más y más y se pierde en el infinito.
In diesem Wetter «Con este tiempo». Por última vez se recrudece el fuego del dolor. Cuando sale el cortejo fúnebre se desencadena la naturaleza con una tormenta y un chubasco. ¡Deja salir a los niños con este tiempo! Se los llevaban y el poeta tenía que presenciarlo sin poder hacer nada ya. Los instrumentos de la orquesta se enfurecen con largos trinos y con los estridentes sonidos de la flauta. Pero por si llega el gran silencio del dolor vencido, tras un paso magistral de la violencia a la paz, insinúa que los niños no están ya bajo el dominio de la naturaleza y sus horrores, sino que viven en la morada de Dios Padre, custodiados por í‰l. Adornado con los apacibles sones de la celesta, la trompa toma la melodía consoladora de la voz solista. La paz de una cumbre alpina se ha hecho aquí sonido.