A pesar de la profecía de Fukuyama, las ideologías no han muerto. Al contrario, se han fortalecido.
En primer lugar, quiero desligar la connotación negativa del término “ideología”, porque a pesar de todo, no es una mala palabra, ni mucho menos soez o grosera. En términos generales, y en un modo muy pero muy ambiguo, tomaré como definición que la “ideología” es el conjunto de ideas de una persona sobre cómo debería funcionar algo, especialmente la sociedad.
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Por mucho que rechacemos el término “ideología”, todos tenemos no solo una, sino varias. Usted, por ejemplo, puede tener una ideología deportiva, una política, una religiosa, una económica, una artística, etcétera. Claro está, que hay personas que se afanan por ser coherentes, y quieren tener solo una ideología general, que se adapte a todos los ámbitos de la vida.
Hay ideologías de cajón o modelo, pero no porque sean las ideales, sino porque sirven de base. El problema es que para muchas personas se toman las ideologías, especialmente las político-económicas como que si fuesen el Credo o catecismo, y creen ciegamente en ellas, sin siquiera pensar. Lo lógico e ideal fuera que una persona tuviera una base ideológica (comunismo, capitalismo, anarquismo, etc.) y que fuera aderezando su ideología personal con otros pensadores. Algunos matices ideológicos ya han sido profundamente propuestos, y ya se establecen como una base ideológica de segunda generación (socialista, socialdemócrata, democratacristiano, ambientalista, neoliberal, libertario, feminista, posmoderno, contracultura, etc.), que no es más que la evolución de la base ideológica.
Aún en mayor medida, una persona coherente podría agregar a algunos pensadores que no están incluidos en estas ideologías, o, incluso, aceptar ideas de ideologías que aparentemente son contrarias.
Por ejemplo, desde el siglo XX se han ido introduciendo a algunos pensadores no occidentales, como Krishnamurti o Sun Tzu, o, en el caso latinoamericano, incluir el pensamiento de Simón Bolívar y José Martí.
Sea cual sea su ideología, debemos reconocer que en Guatemala tenemos un déficit en cuanto a la tolerancia ideológica. Las ideologías, más que herramientas para comprender el mundo, nos limitan nuestro pensamiento e impiden el diálogo. Ejemplos recientes son los conflictos por la ley de desarrollo rural integral, la minería o los rezagos de la guerra interna.
En el primer caso, sobre el desarrollo rural, empresarios (de tendencia capitalista neoliberal), consideran que la ley propuesta tiene un “tufillo” comunista y que por tanto es desechable, según los empresarios, y rápidamente recuerdan la Reforma Agraria de Jacobo Árbenz. Sin embargo, si se analiza bien la propuesta, la ley de desarrollo rural se redactó desde una óptica capitalista (ideológicamente hablando), y que busca la productividad del campo. Pero los sesgos y limitaciones del sector empresarial impidieron el diálogo y la ley está un poco menos que muerta.
También aún persiste, sobre todo entre militares, la ideología anticomunista (que no es ideología en sí, porque no pueden persistir solo como “oposición a algo”) y no logran salir de sus moldes mentales, y señalan de terroristas, subversivos y “rojillos marxistas” a todos los grupos y fiscales que piden investigarlos penalmente.
En Guatemala, las ideologías han servido para etiquetar a los interlocutores y desvanecer toda posibilidad de diálogo. Para un libertario es impensable buscar soluciones con un socialista, y viceversa, solo por el simple hecho de que el otro no piensa como uno. Y basta con decir que el otro es marxista (o libertario, o anarquista, o feminista, etc.) para deslegitimarlo, como que si alguna ideología estuviera prohibida en el pensamiento.
Las ideologías, más bien, funcionan como un cerco de corral que no permiten a la persona salirse, por miedo a despotricar a campo abierto. Y así, nos vamos aislando, sin la posibilidad de discutir sobre nuestras necesidades.
Las universidades no han cumplido con su papel de ofrecer todo el espectro ideológico. La idea original de las universidades es que en un solo lugar una persona podría concebir todo el conocimiento humano, incluyendo las diferentes corrientes ideológicas. Sin embargo, hoy día en Guatemala observamos que hay universidades que se afanan en impulsar cierta ideología, castrando el pensamiento. Y lo peor es que fomenta los prejuicios hacia ideologías ajenas.
Más bien, las ideologías deben ser como el proceso del arco y la flecha. Una ideología muy personal o de un grupo reducido es el arco que sirve para dar impulso a una idea, que es la flecha. En el camino, la flecha vuela libre, y a veces se ve corregida por el mismo viento, pero finalmente no es importante qué arco la impulsó, sino que tome vuelo. Y entre más grande es el arco, más vuelo tomará la flecha.
Pero mientras nos centremos en las ideologías personales, corremos el riesgo de entrar en un callejón sin salida (si no es que ya lo estamos), porque cerramos la posibilidad del diálogo, mientras los problemas nacionales crecen cada vez más.