Creo que era indispensable la realización de exámenes de evaluación a los alumnos próximos a graduarse en el llamado ciclo diversificado para establecer con propiedad cómo andamos en materia de educación, porque una cosa es la aparente cobertura y la cantidad anual de graduados que enviamos a las universidades o de jóvenes que terminan su formación escolar, y otra muy distinta si se está cumpliendo con el cometido de formar adecuadamente a nuestra juventud.
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En matemáticas se pudo establecer que apenas un 1.5 por ciento de los alumnos evaluados alcanzó el nivel de excelencia y un pobre 3.3 de satisfactorio. El resto es para preocuparnos seriamente, porque entre el 43.1 que debe mejorar y el 39.3 por ciento calificado como insatisfactorio, estamos hablando de más del ochenta por ciento de la población escolar en verdaderos trapos de cucaracha. En lenguaje la cosa mejora un poco, porque un 19.4 por ciento obtuvo entre excelente y satisfactorio, quedando alrededor del 62 por ciento entre lo que debe mejorar.
Muchos jóvenes y padres de familia objetaron en su momento los exámenes de evaluación realizados por el Ministerio y la verdad es que se convierten en una herramienta útil para medir nuestra realidad. Evidentemente no hemos mejorado en los últimos años y preocupa que se siga postergando el necesario debate para una profunda reforma educativa que nos permita enfrentar el problema en mejor forma. No es, obviamente, sólo un problema de extender la cobertura porque no tiene sentido incrementar la cantidad de alumnos si vamos a estarles proporcionando una educación de baja calidad. Es necesario atacar en las dos vías, es decir, ampliando la cobertura pero mejorando la calidad porque de lo contrario la inversión que se hace es como tirar el pisto a la basura.
Y por cierto que es necesario enfrentar con más firmeza el problema de la educación privada, porque muchos de los colegios que cobran elevadas cuotas a los padres de familia quedan en verdadera evidencia a la hora de analizar estas evaluaciones. Hay colegios privados que se encargan de mantener la excelencia y gracias a ellos es que podemos tener algún nivel satisfactorio, pero la inmensa mayoría son simplemente negocios muy lucrativos en los que las ganancias crecen en proporción inversa a la calidad del servicio.
Ayer comentaba yo el caso de nuestro patético fútbol, en el que aunque se importara a decenas de «Bolillos» no vamos a pasar de zope a gavilán porque no formamos a nuestra juventud en el plano atlético y deportivo. Pues hoy los resultados de las evaluaciones escolares confirman mi tesis de que estamos condenando al país al subdesarrollo porque no le apostamos a lo que es fundamental, a una educación en busca de la masiva excelencia como único camino para salir de nuestra situación actual. Es cuestión de recursos, obviamente, pero también de voluntad política para promover un gran acuerdo nacional que permita emprender la reforma educativa. Ese cambio no se puede lograr ni invirtiendo el dinero de educación en aeropuertos ni imponiendo un punto de vista simplemente porque es el de la autoridad. El papel del Ministerio de Educación tiene que ser el de articular a todos los sectores para que emprendamos una reforma seria, consensuada y profunda, que nos saque de ese largo historial de fracasos e insatisfacciones. El padre de familia, el maestro y el alumno no deben ser antagonistas sino ayudarse mutuamente para lograr el objetivo.