Cada vez admiro más a los chapines


Vaya pueblo más aguantador el nuestro. No sé cómo le hace, pero soporta que lo maltraten todo el tiempo, que lo atiendan mal, que lo vean de menos, que lo expriman a más no poder y cada cuatro años concurre a las urnas a consentir que siga más de lo mismo, eligiendo diputados sabiendo de qué pata cojean y sin el más mí­nimo razonamiento, le ha estado dando su voto a presidentes que le ofrecen el oro y el moro pero que invariablemente a la vuelta de la esquina olvidan sus promesas. Por ello el chapí­n no termina ni al primer año de haber conferido el mandato sin haberse arrepentido.

Francisco Cáceres Barrios

Quien vive hoy la condición ciudadana tiene que afrontar muchos problemas derivados de la cada vez peor calidad de los servicios públicos, por ello admiro a los afiliados al IGSS que pagan el carné de identificación porque según sus absurdas leyes, si ya le dieron uno por su calidad de beneficiario de algún programa, el otro no se «regala» sino debe pagar por él. ¿Qué decir de los ancianos que llevan cuatro años de estar comiéndose las uñas porque la más grande burocracia socializada del paí­s no le permite gozar de su merecida y prepagada jubilación? Muchí­simas veces el chapí­n sufre ataques de impotencia, cólera o enojo frente a la pésima disposición del Estado y sus entidades para servir a la comunidad, pero no pasa de ello.

Como los chapines ¡no hay dos! Aguantamos que el Renap cambie los apellidos a las personas, que las divorcie y hasta los haga desaparecer del mapa y todo sigue igual de tranquilo gracias a su franciscana paciencia. Lo mismo hace ante la imposibilidad de mover su vehí­culo en las congestionadas calles de la capital provocadas porque ninguno de los burócratas edilicios se ha puesto a pensar que tapar hoyos o mal parchar el asfalto no debe hacerse a la hora que el pueblo sale a ganarse sus centavos.

Cuando debiéramos estar todos comprometidos en sacar avante a Guatemala ante la continuada crisis económica, social y polí­tica, un chancero de tantos le niega la tarjeta prepago del Transurbano a una madre que la gestiona para su menor hija, aduciéndole que la fe de edad no es suficiente documento de identificación y le exige presentar el carné del establecimiento en donde estudia. El chapí­n vive constantemente enfrentándose a retos, como el de la impunidad por ejemplo, cuando la Empresa Eléctrica impide a los usuarios pagar su factura de consumo el dí­a del vencimiento y encima de ello, le cobra una injusta como ilegal mora. El chapí­n es tan aguantador, que aún sabiendo que el Ministro de Gobernación no tiene experiencia alguna para ocupar el cargo, le consiente no hacer nada para combatir a las maras que nos tienen del cogote. ¿Hasta cuándo se mantendrá nuestra paciencia?