Cuento con amigos y conocidos de todos los pelajes. Desde encopetados académicos hasta incumplidos mecánicos, pasando por exquisitos literatos, obreros malhablados, burócratas insatisfechos, infatuados universitarios, sosegados empleados del sector privado, entusiastas pequeños empresarios, vecinos aficionados al parloteo… y pare usted de contar.
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Por supuesto que cada uno de ellos tiene sus especiales inclinaciones políticas, religiosas y de otra índole; pero la mayoría tiende a ser aficionada al fútbol, tanto el que sólo por medio de la Prensa se entera de los resultados de su equipo favorito, como el exaltado fanático que se viste del color del club de sus amores el día en que su once compite; pero tratándose de la selección de fútbol se olvidan de sus diferencias para hacer causa común con el combinado nacional. ¡Ahora sí! ¡Esta vez sí ganamos! ¡Ya es tiempo que vayamos a un Mundial! Y otras exclamaciones por el estilo surgen de las gargantas de entusiastas y hasta de apocados seguidores del conjunto azul y blanco.
He sido testigo de esas efímeras ilusiones en incontables oportunidades, así como he visto los rostros desencajados y las tristes expresiones de frustración de quienes después de la enésima derrota y de unos meses de espera, nuevamente acarician lejanas esperanzas y se contagian del engañoso optimismo de dirigentes deportivos, jugadores de fútbol, locutores hiperbólicos y se unen a la parafernalia que surge de las cenizas, para prender renovadas brasas de equivocado aunque genuino e ingenuo patriotismo.
 ¿Cuántas veces ha ocurrido lo mismo? Decenas de ocasiones en pocos años. Pero vuelve el obstinado optimismo cuando de nuevo se convoca a la selección de fútbol a participar en competencias regionales, sin que las perennes autoridades deportivas, específicamente del balompié, se propongan realizar una radical transformación de sus estructuras. Similar pasividad a la de los presidentes de los clubes (¿?) de fútbol de la Liga Nacional, cuando ofrecieron declaraciones a Prensa Libre el martes pasado, sin que ninguno de ellos expusiera ideas sensatas para superar el desastre en que naufraga ese deporte.
Un amigo me comentó que lo más práctico e inmediato que podría hacerse es pasar sobre la FIFA y rasgar sus reglamentos: eliminar los campeonatos nacionales y los equipos que integran la Liga Nacional y la primera y segunda divisiones, fortalecer las ligas menores, evitar las participación de equipos de fútbol en competencias internacionales durante varios años y despojar de sus cargos a los dirigentes deportivos ineptos, hasta los que no son de la rama de fútbol, para comenzar desde cero, con nuevas ideas, distintos propósitos para la masificación del deporte, y otros proyectos que los entendidos en la materia se encargarían de plantear y ejecutar.
 Sería un atropello a la autonomía del deporte -admitió-, pero se dignificaría y reivindicaría al deportista y al aficionado.
(Romualdo Tishudo conoce a un futbolista que es tan delicado que cuando para una pelota con el pecho ¡se resfría!).