Cabeza de ratón


Eduardo-Blandon-Nueva

El otro día me encontré con un amigo al que ya se le puede dar el nombre de escritor, no tanto por la calidad de lo que produce, sino por los intentos varios que ha patentizado a través de la imprenta.  Caminábamos y de súbito se encontró con una conocida (los escritores tienen un halo divino que los vuelve atractivos) que le preguntó cuándo escribiría un nuevo libro: “espero tus escritos siempre”, le dijo.

Eduardo Blandón


El escritor respondió lo recurrente: “ya merito.  En eso estoy.  Un día de estos te doy la sorpresa”.  Platicaron de otras cosas y nos despedimos pronto de la susodicha admiradora.  No habíamos dado muchos pasos cuando mi amigo me dijo que la gente cree a veces que escribir es como ir al baño: “como que fuera tan fácil la producción intelectual”.  Estaba desanimado y con estupor no solo quizá por la pregunta de la lectora, sino por la desazón de no escribir tan rápido como la demanda lo exige.

Yo no tuve más remedio que decirle que había conversado recientemente con Sergio Ramírez y que me había dicho que escribía todos los días: como monje de cartuja.  Me dijo que se había consagrado a la literatura a tiempo completo desde que dejó la política, que comenzaba su oficio desde las ocho a las doce y por la tarde de dos a seis.  “Todos los días excepto los sábados y domingos”, me dijo.  Le expliqué a mi amigo que a ese ritmo no era raro que su producción fuera prolija y sus textos tan ricos y llenos de información como los que escribe el nicaragüense.

Ese privilegio no todos se lo pueden dar.  Mi amigo que es escritor casi vive de los concursos literarios cuyos premios son lacrimógenos: mil, dos mil, tres mil… si mucho diez mil quetzales.  Luego tiene que administrarlo como graduado del INCAE y vivir inmerecidamente como un pobre diablo.   A lo sumo se le ve comprando café barato en algún restaurante chino.  Su vocación debería ser causa de demanda al cielo y mandar al infierno al infeliz que le inoculó semejante modo de vida.

La vocación de escritor casi es tan miserable como la del maestro.  O talvez es peor esta última, pues los estudiantes ya no regalan manzanas ni chocolates.  Más bien los directores siempre piden horas extras sin pago alguno: lleguen el sábado, dicen los curas, pues tienen que acompañar un retiro.  Lo piden con una frescura tal que hace temblar a la humanidad.  Luego se inventan cuentos tales como que el maestro es un apóstol, un escogido, un privilegiado… una sarta de cuentos que sirve para engrosar la bolsa de los dueños de escuelas.   

Volvamos a mi amigo.  Yo coincidía con él que escribir no es “de soplar y hacer botellas”.  Le indicaba que yo tenía un cuento corto que versaba sobre un payaso y no había forma que lo terminara.  Los intentos siempre acababan cursi: el payaso que ríe en vez de llorar. El payaso que edulcora la vida. El bufón que no quiere serlo más.  Y ahí lo tengo, le dije, porque tres cuartas partes del relato me gusta y según yo sí encuentro un final atractivo, será un éxito de ventas. 

 La diferencia, le dije, es que yo no tengo producción escrita, soy ignorado por las masas (carezco de admiradoras), no he ganado un solo premio literario ni me definen como escritor: “ese privilegio es tuyo”, le dije.  Y el recuento lo hizo feliz, se sintió bienaventurado y dichoso por ser en las ligas mayores de la literatura, si no cola de león, al menos cabeza de ratón.