De enorme magnitud resultan los desafíos que enfrenta Guatemala y la región, temas que siguen pendientes como la erradicación de la pobreza, la corrupción, la exclusión y la violencia, son problemas que se han convertido en una pandemia de desencanto que desciende como una gran sombra sobre nuestras sociedades, que sino fueran tan caros estos servicios en nuestros países, las salas de espera de psicólogos y psiquiatras, se llenarían con personas insatisfechas, deprimidas y hasta paranoicas.
El problema principal del país se debe precisamente a la falta de definición de un rumbo, y esto se ha dado por la ausencia de capacidad de sentarnos a dialogar y poder de esta manera concretar las medidas pertinentes a ejecutar, acciones que nos lleven a superar el estado calamitoso en que nos encontramos. Y ésta debería ser una actitud conjunta de la región. Mientras en otros países vemos sociedades que logran superar sus diferencias y por eso avanzan con muy buenos resultados, aquí lo que impera son los mezquinos intereses y el conflicto permanente. Con lo prolongado del divisionismo y la falta de consenso, pareciera que aquí ya disfrutamos estar en la cuerda floja.
Nos hemos conformado con ser simples espectadores de los cambios positivos en otras latitudes, hemos visto como la unificación de Europa por ejemplo, con una moneda común, el Euro, ha elevado el nivel de vida de las personas de ese continente, que a pesar de una Constitución Europea que no ha logrado cuajar, sus habitantes se encuentran indiscutiblemente en mejor situación que antes y evolucionando cada día más. Para dar pasos más largos y certeros en la búsqueda del desarrollo y el bienestar, ineludible resulta que el próximo gobierno no se limite a concentrar esfuerzos únicamente dentro de las fronteras. Esto debe ser por un lado, un esfuerzo por acelerar la integración regional, pero al mismo tiempo fijarnos a lo interno un estricto calendario en el tiempo y en el espacio para definir en un lapso perentorio la sociedad que deseamos construir. El tiempo no perdona, pues con las dilaciones y resistencia que estamos padeciendo, los problemas se acumulan y nos hundimos cada día más. Es fundamental que en los primeros días del próximo gobierno, los guatemaltecos nos sentemos a dialogar, lo hizo España con el Pacto de la Moncloa, por qué, me pregunto, los guatemaltecos no lo podemos lograr. Recordando las vicisitudes que se dieron durante el proceso de este compromiso de la sociedad española, desde ya le advierto al próximo Presidente que no se extrañe y menos se frustre, cuando se atasque esa carreta llamada diálogo. Esto no sería algo nuevo, sobretodo aquí en Guatemala, y lo que hay que tener son «huevos» para obligarla a caminar, es decir, en los temas más polémicos lograr el mayor acuerdo dentro del desacuerdo y seguir hacia delante. Esto alguien que estuvo en el poder lo dijo ya, aunque nunca lo aplicó. La propuesta la hará el gobierno y son los distintos sectores sociales los que la van a alimentar, o en su caso a discutir. A lo que me refiero es a un diálogo responsable con incidencia y jamás a la estéril polémica por los intereses de los grupos de presión. Por eso hay que marcar un calendario de armonización y no empantanarse a morir.