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Hubo en un tiempo un antiguo pueblo donde nunca salía el sol. Los hombres de ese lugar llevaban una estrella divina en la frente con la que se alumbraban, pero al paso del tiempo se volvieron crueles y malvados, tanto, que DIOS decidió arrebatarles su luz para que no la emplearan en hacer el mal.
Pensó esconder aquél precioso don en lo más profundo de la tierra pero se dijo: el hombre cavará algún días las entrañas de la tierra y lo encontrará.
Entonces pensó que el hondo océano sería bueno, pero también se dijo: el hombre aprenderá a sumergirse como los peces en el mar y allí lo encontrará.
No encontraba donde esconderlo para que no pudieran encontrarlo, hasta que por fin pensó: «Lo esconderé dentro del hombre mismo. No se le ocurrirá buscarlo allí.» Y así lo hizo. Guardó aquél misterioso don de luz en lo más recóndito del espíritu del hombre y allí ha permanecido desde entonces.
Por eso dentro de cada ser humano hay un «algo» divino. El hombre ha recorrido la tierra, ha urgado los mares y el espacio buscándolo, sin saber que todo el tiempo lo ha llevado dentro de sí.
Busca dentro de ti ese algo y cuando lo encuentres, que tu rostro lo refleje, que tus acciones lo delaten y que tu corazón lo demuestre.
El hombre por desgracia desdeña los bienes
gratuitos para ir en busca de las
miserias costosas.