“Bullying”


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A fines de marzo, una niña de 13 años, que estudiaba 4º. grado de primaria y tenía problemas en el habla, fuera de que medía 1.73 de estatura, se ahorcó en su humilde vivienda de la ciudad de Guatemala porque “ya no soportaba más” las burlas y las humillaciones de que era víctima por parte de sus “compañeros”.

Héctor Luna Troccoli


El 3 de abril, en Oakland, California, un estudiante de una universidad cristiana, oriundo de Corea del Sur pero nacionalizado estadounidense, cansado de los abusos de sus compañeros y una administradora de ese centro, puso en fila a siete personas de la universidad y las fue ejecutando “una por una”. Ninguno de los que murieron eran de los abusadores del surcoreano, quien más tarde se entregó a la Policía.

He aquí dos casos típicos y trágicos, sobre todo en el caso de nuestra niña guatemalteca, de lo que puede producir el denominado bullying, que se define como “una agresión física o emocional en contra de una persona”, hecho que se da muy generalizadamente en los colegios y escuelas, en donde conviven jóvenes entre 12 y 15 años, que son calificadas como las edades más peligrosas por los cambios hormonales que se producen en hombres y mujeres.

El término bullying fue creado en 1993 por el psicólogo noruego Dan Olweus, debido a que en ciertas especies de pájaros existe un fenómeno llamado mobbing, que consiste en que los miembros de un grupo atacan a aves de otra especie e incluso de la misma especie. Olweus, catedrático de la Universidad de Bergen, empezó a estudiar este fenómeno desde mediados de los 70 al notar el comportamiento abusivo de estudiantes universitarios y de secundaria contra otros compañeros que habían provocado el suicidio de tres de ellos. Para otros, el término bullying, es un derivado de la palabra bully que textualmente quiere decir matón.

Sea como fuere, este abuso que se da muy particularmente en colegios o escuelas de todo el mundo, dicen que en Guatemala empezó a darse en un muy conocido colegio de la alta sociedad, aunque yo dudo de esa versión pues aún recuerdo vivamente cuando hace más de 50 años yo estudiaba como externo (antes había externos e internos), en el Instituto de Antigua, y mi madre me preparaba la refacción, la cual, bajo amenaza se la entregaba a un interno apodado “el Guanaco” (era de Jutiapa), a quien todo el mundo le tenía miedo, pavor y terror porque sabían de sus habilidades para romperle la cara al adversario que no cumpliera con sus abusos. Afortunadamente, las ruinas de Capuchinas, que eran una especie de coliseo romano, fueron testigos, junto con “el Chipe” y un primo de que, sacando fuerzas de no sé dónde y valor tampoco sé de dónde, le pegué una penqueada al susodicho “Guanaco” y pude comer mi refacción tranquilo.

Pero el problema del bullying en nuestro país persiste y se acrecienta cada vez más, al extremo de provocar o la huida del acosado o en caso extremo como el de esa pobre niña, su suicidio. Y aquí no es un problema del crimen organizado o de las fuerzas de seguridad, aunque pueda existir violencia de por medio de menores que en cuadrilla atacan al compañero o compañera que les cae mal por la razón que sea y la atacan física o emocionalmente, sin que ni las famosas feministas, ni los defensores de derechos humanos le pongan coco al asunto, mucho menos el soberano Gobierno de la República y su Ministerio de Educación.

Tal como afirma el psicólogo noruego que estudió durante años el fenómeno del bullying, la principal responsabilidad para terminar con esto es de los MAESTROS y de las autoridades de los centros educativos, por supuesto, excluyendo de este proceso de reeducación y recuperación de valores a tipos como Joviel Acevedo que sería maestro en incitar las agresiones.

Es inconcebible que en una sociedad deshumanizada como la nuestra, en los propios centros de enseñanza se den casos de bullying en donde uno o más menores quieren mostrar poder y fuerza sometiendo a vejámenes de distinta naturaleza a los más débiles.

El Ministerio de Educación y las universidades deben organizar seminarios y mesas redondas más productivas que otras que son absolutamente inútiles, para que expertos en el tema o al menos psicólogos, psiquiatras y educadores de prestigio impartan sus consejos y enseñanzas a los maestros para tratar de resolver el problema, fuera de que los propios centros educativos deben adoptar medidas disciplinarias contra quienes cometen estos actos que solo son noticia de un día y después todo sigue igual… o peor.

Alguien me indicaba que en el Congreso se pretende aprobar una ley contra el bullying. No creo que funcione al igual que la mayoría de leyes que se emiten por ese órgano legislativo, excepto aquellas que contienen favores políticos o económicos para ciertos grupos o autoridades, fuera de que debemos recordar que los menores –que son los mayores ejecutores del bullying–, son inimputables y que no hace falta una ley para que los maestros cumplan con su función de educar y mejorar la conducta de sus alumnos y los centros educativos tienen la facultad de  aplicar medidas disciplinarias que incluyen la expulsión para los responsables. El bullying debe desaparecer del espectro educativo nacional y solamente hace falta responsabilidad y disciplina para actuar.

¿DEPURACIÓN? Tres meses ya y el Congreso sigue sin hacer nada, más que enfrentarse de manera inútil y bochornosa. Mario Taracena dijo el lunes “tomen nota de la fecha. Estamos tan mal que ya empezaremos a oír que hay que depurar el Congreso”. Varios artículos de prensa desde hace tiempo usan de nuevo la palabra “depuración” del 2000 a la fecha, porque el Organismo Legislativo va de mal en peor, con “negocios” abiertos y cínicos, contratación de personal inútil, aumento de privilegios, sobornos, chantajes, etcétera. El general Otto Pérez Molina sabe muy bien cómo se logró depurar el Congreso en tiempos de Ramiro de León. Se utilizó una primera estrategia (que yo ignoraba totalmente), en donde pensaron sus autores que el pueblo se iba a levantar y los sacaría “a patadas” como algunos pretendían. Se organizó una primera manifestación en donde llegaron unos 3,000 acarreados. Ramiro, desesperado, me dijo: “pensaba que iba a sacar a los diputados, pero ellos me van a sacar a mí, hagamos lo que vos decís”. Con Héctor Mayora, Mario Solórzano y yo, metimos forcivoluntariamente al rollo a la Conferencia Episcopal y fui participante del diálogo con el Congreso hasta llegar a las reformas constitucionales y la salida de los diputados. Todo lo demás es historia ¿Se acuerda, señor Presidente Pérez Molina?…