Buenas nuevas a los pobres y libertad a los oprimidos


Mi ajetreado cuerpo necesita una breve temporada de reposo, y qué mejor temporada como la de fin de año para proporcionarme un descanso reparador, aprovechando el tiempo para viajar, visitar parientes y reflexionar sobre las bendiciones que he recibido este año, cabalmente cuando se celebra el nacimiento del amado niño Jesús.

Eduardo Villatoro

(Artí­culos mí­os seguirán publicándose, pero sin abordar temas de actualidad, como el lector lo demanda).

 

No pretendo dedicar este espacio a cavilaciones en torno al significado espiritual e histórico de esta fecha memorable para los seres humanos de todas las confesiones y denominaciones cristianas, pero con proyecciones universales, sino simplemente repito con el apóstol San Juan. «En el principio era el Verbo y  el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella» (Cap. 1, versos del 1 al 5).

 

Más adelante, en el mismo capí­tulo, versí­culos del 11 al 14, en referencia a Jesús se lee: «A lo suyo vino, y los suyos no lo recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad».

 

Previamente, el apóstol San Lucas relata: «El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era Marí­a. Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación serí­a esta. Entonces el ángel le dijo: Marí­a, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios, Y ahora, concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande y será llamado hijo del Altí­simo, y el señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Cap.1, versos del 26 al 33).

 

Posteriormente, San Lucas escribe (4: 18 y 19) que, siendo ya hombre y predicando en la sinagoga de Nazaret, Jesús dijo: «El Espí­ritu del Señor está sobre mí­, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos: a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor».

 

Termino con las palabras de multitud de ángeles que, en el nacimiento de Jesús,  aclamaban: «Â¡Gloria Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres! (San Lucas 2.14) (Citas de la versión Reina Valera 1960).