Este 30 de agosto 07 fue publicado en el New England Journal of Medicine la revisión de un libro intitulado «Post mortem», por el doctor. P.A. Mackowiac.
Las enfermedades de Cristóbal Colon, Beethoven, Napoleón, Darwin, Alejandro el Grande, son algunas de las estudiadas por Mackowiac, pero una que a él más le interesó fue la del genio musical Wolgang Amadeus Mozart, quién murió a los 35 años de edad. Aun cuando se habla de envenenamiento por antimonio, o arsénico, como una probable causa, el doctor Mackowiac cree que fue una glomerulonfritis postestreptococcica, lo que lo llevó a la tumba ya que dentro de sus síntomas más prominentes, Mozart tenía no sólo un marcado edema, sino un insoportable mal olor de su cuerpo.
La percepción de malos olores es parte de la práctica de la medicina, y en nuestro caso se iniciaba con el uso de cadáveres en las clases de anatomía.
El doctor. Mauricio Guzmán, quien fuera un insigne maestro y Decano de la Escuela de Medicina, nos enseñó a muchísimos estudiantes anatomía descriptiva y disección.
Nos tocaba hacer los estudios y las prácticas de esas asignaturas en el anfiteatro anatómico, en donde eran los cadáveres de los indigentes muertos y que recogidos en las calles, se nos ofrecían para que los disecáramos con pinzas y bisturís.
Rafael se llamaba el encargado de inyectar al cadáver la solución de formol, por la vena yugular, y esa solución lo preservaba durante varios meses. A pesar de ello, el olor que despedían esos cadáveres guardados en el anfiteatro era desagradable y muy penetrante y el día de inicio de las clases con el doctor Guzmán, era especialmente repulsivo. «Ustedes muchachos deberán acostumbrarse a que los vivos hieden más que los muertos», nos decía d. Mauricio y nosotros asentíamos, es que venía a nuestra mente aquel compañero a quien le llamábamos Tres flores porque le hedían las patas, la nariz y el hocico. Menos mal que el olfato es el único de los cinco sentidos que se acostumbra y poco tiempo después, ya todos estábamos acostumbrados y ya no nos ofendía ese mal olor del anfiteatro.
Posteriormente, durante nuestras prácticas en el Hospital San Juan de Dios, conocimos a dos Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl, encargadas, una de ellas de la sala de ginecología y quien por el característico olor que emanaba de la paciente hacía muchos diagnósticos. «Ayer ingresó a la sala esta paciente con cáncer de la matriz», nos decía la Hermanita.
La otra Hermana, que era encargada de las salas de medicina de mujeres, también dotada de buen olfato nos decía: «Esta paciente tiene amebas», y nos adelantaba así un diagnóstico certero que posteriormente era confirmado por el laboratorio.
De manera pues que no es solamente cuestión de tener «ojo clínico» para hacer un diagnóstico a primera vista, con una sola mirada, sino que precisa, además, entrenar también el sentido del olfato para que con el disimulo y la delicadeza del caso se le pueda echar una su olidita al paciente. Esta parte del examen físico, frecuentemente olvidado puede ayudarles a ustedes, jóvenes estudiantes, a hacer un buen diagnóstico.