Pese a ello, la renovación del mandato del conservador Durao Barroso, único candidato a la Presidencia del ejecutivo de la Unión Europea (UE), parece sólo cuestión de tiempo y calendario.
La mayoría de los dirigentes europeos le brindaron públicamente su respaldo, tanto conservadores como el presidente del gobierno español, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, o el primer ministro británico, el laborista Gordon Brown.
La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Nicolas Sarkozy, tampoco pusieron trabas al asegurar la semana pasada que apoyarán la reelección del portugués «sin ambigí¼edades».
Pero ambos líderes subrayaron que durante la cumbre del jueves y el viernes en Bruselas únicamente le concederán un respaldo político, es decir, que no habrá un nombramiento formal ni jurídicamente vinculante esta semana.
Francia y Alemania pretenden mantener así la presión sobre Durao Barroso para que presente un verdadero «programa» de cara al próximo mandato de cinco años, y poner en manos del Parlamento Europeo su nombramiento definitivo.
El Europarlamento tendría la opción de votar su reelección en la sesión inaugural de la nueva legislatura de mediados de julio o esperar los resultados del nuevo referéndum irlandés sobre el tratado de Lisboa, previsiblemente entre septiembre y octubre.
A partir de aquí, quedaría expuesto el complejo funcionamiento institucional y político de la Unión Europea.
Si fracasara el referéndum irlandés, el bloque seguiría regido por el actual tratado de Niza, obligando al menos a un país miembro a renunciar a «su» comisario en Bruselas. Actualmente, los 27 países miembros de la UE cuentan cada uno con un representante en la Comisión Europea.
Con este escenario, nombrar a Durao Barroso desde ahora daría a Portugal la ventaja de mantener al suyo, subrayan los diplomáticos.
París y Berlín y muchos eurodiputados prefieren por lo tanto esperar a la consulta irlandesa para nombrar a Durao Barroso. Su postura, según estos diplomáticos, tiene todos los números para imponerse a la voluntad de otros países como Suecia, Finlandia y Polonia, partidarios de una reelección rápida.
Para convencer a los irlandeses de votar «sí» al tratado de Lisboa, después de su rechazo en junio de 2008, los dirigentes de la UE acordarán el jueves las «garantías» prometidas a Dublín para facilitar una segunda consulta.
Los irlandeses reclaman que el tratado no ponga en peligro la neutralidad militar del país, su autonomía fiscal o la prohibición del aborto, pero sobre todo que se mantenga un comisario europeo por país.
Los representantes de los 27 países de la UE esperaban llegar a un acuerdo en este sentido este martes, de forma que los jefes de Estado y de gobierno sólo tengan que aprobarlo durante la cumbre.
Entonces, el primer ministro irlandés, Brian Cowen, podría anunciar durante la cumbre la fecha del referéndum sobre el tratado de Lisboa, llamado a mejorar el funcionamiento de la Unión Europea ampliada a 27 miembros.
El portugués José Manuel Durao Barroso hará realidad su ambición de obtener un segundo mandato al frente de la Comisión Europea, pero su éxito se debe más a un pragmatismo llevado al extremo que a una gran concepción de lo que debe ser Europa.
Durante su mandato de cinco años, «ha sido un presidente competente, de consenso, un buen comunicador, pero no un dirigente particularmente visionario o dinámico», afirmó recientemente el diario británico Financial Times, en un artículo no obstante menos crítico con el portugués que otros grandes periódicos europeos.
A sus 53 años, Durao Barroso se ha convertido en un experto del arte de evitar conflictos.
El jefe de fila de los Verdes en el Parlamento Europeo, Daniel Cohn-Bendit, lo tilda de «camaleón»: un presidente que «cambia de opinión como de camisa», prisionero de los intereses contradictorios de los grandes Estados miembros de la Unión Europea (UE), contentado con una Europa de mínimos.
Este políglota, padre de tres hijos, ha cambiado varias veces de rumbo profesional.
Miembro de un movimiento maoísta durante la revolución de los Claveles en Portugal a fines de los años 1970, ingresó en la década siguiente en el Partido Socialdemócrata (centro-derecha).
Tras varios puestos en el gobierno, en 2002 accedió al cargo de primer ministro, que ocupó durante dos años, antes de provocar la sorpresa general y partir a Bruselas para asumir la presidencia de la Comisión Europea.
Fue el entonces primer ministro británico Tony Blair quien aupó la candidatura de este atlantista convencido, que unos meses antes había hecho de anfitrión de la cumbre de las Azores, donde arrancó la cuenta atrás para la invasión estadounidense de Irak.
Durao Barroso debutó en Bruselas con un programa abiertamente liberal, defendiendo la liberalización de los servicios y erigiéndose artífice de una Comisión más modesta con el lema «legislar menos y mejor».
Pero la crisis institucional abierta por el rechazo a la Constitución Europea en 2005 le llevó a virar hacia un discurso más social, que la debacle financiera mundial acabó de consagrar.
Presionado por Francia y Alemania, trató de hacer de la regulación de los mercados su caballo de batalla, sin lograr satisfacer a sus detractores, que le acusan de no querer airar a nadie para ser reelegido.
«La Comisión tiene tanto miedo ahora de los Estados miembros… Y como cada uno sólo piensa en su reelección sólo contamos con propuestas que no están a la altura», denunció recientemente un alto responsable del gobierno francés en asuntos europeos, Jean-Pierre Jouyet.
Durao Barroso se estima víctima de ataques «dogmáticos» y defiende que la Comisión «hace todo lo posible con los instrumentos de los que dispone», admitiendo que sólo se atreve con propuestas con muchas posibilidades de ser aceptadas por los Estados miembros.
El portugués reivindica además una buena gestión en la lucha contra el cambio climático, felicitándose de la adopción de un ambicioso paquete de objetivos europeos para reducir las emisiones de dióxido de carbono (CO2) pese a la crisis económica.
Pero sus adversarios continúan viéndolo como un último recurso, que contenta a los gobiernos preocupados en no encontrar grandes obstáculos en Bruselas.
«Durao Barroso es tan débil que será recompensado con otro mandato», ironizó a fines de 2008 el ex jefe de la diplomacia alemana Joschka Fischer.