Hoy se conmemora en todo el mundo el Día de los Niños con Síndrome de Down, jornada que pretende incrementar la aceptación social de quienes nacen con esa característica y en Guatemala coincide con una polémica desatada por la afirmación que hizo el académico Virgilio Álvarez en el sentido de que la nuestra es una Sociedad Down, señalando muchos de los vicios que caracterizan el comportamiento social de nuestro pueblo y comparándolos con lo que él cree que son las características de esos ángeles que Dios manda a familias selectas.
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Creo que lo que Virgilio dice sobre la sociedad guatemalteca está totalmente justificado y que su error estuvo en atribuir el mismo comportamiento disfuncional a los niños con Síndrome de Down, lo que provocó la airada y comprensible reacción de padres de familia que tienen la experiencia de convivir con esos niños, de sentir su forma tan especial de mostrar cariño y de actuar sin asomo de malicia en este mundo tan plagado de perversidades como las que precisamente el columnista señaló al hablar en general de los guatemaltecos.
No es simplemente un asunto de falta de sensibilidad al hacer la comparación, sino de entender que casi no hay comportamiento individual que pueda tener parangón con esa actitud que tenemos socialmente de actuar con tan profunda indiferencia ante nuestra realidad y de sacarle provecho a los vicios del sistema. Porque si bien es cierto que la mayoría de nuestra gente se esfuerza y lleva su cruz de cada día en medio de la adversidad que representa buscar la plena realización sin igualdad de oportunidades, también debemos entender que desde el más copetudo hasta el más humilde, todos hemos visto que vivir en medio de la impunidad y de la corrupción tiene ciertas ventajas. Porque no tenemos que asumir responsabilidad por nuestros actos y porque vivimos en medio de una especie de ley de la selva en la que el más poderoso siempre se impone, pero en donde también hay espacio para que el que tiene astucia, aunque no tenga poder, pueda burlar las normas de la convivencia.
He sido un lejano observador de algunos casos de niños con Síndrome de Down y en ninguno de los que conozco he visto actitudes que tengan el menor asomo de maldad. Por el contrario, no sólo en lo físico sino espiritualmente proyectan una paz y bondad que ya quisiéramos tener los que presumimos de ser normales y nos consumimos en las miserias de la vida diaria y que por acción o por omisión terminamos siendo responsables de una sociedad que perdió por completo sus valores y que, coincido plenamente con Virgilio Álvarez, nos hace una sociedad única por mostrar de manera tan vehemente los gravísimos vicios que se han ido convirtiendo en nuestra característica colectiva.
Si fuéramos una Sociedad Down seríamos gentiles con los demás, pacíficos y respetuosos del derecho ajeno y sobre todo, capaces de aprender mucho más. Porque está visto que somos duros de entendederas y que aun teniendo pruebas fehacientes de que vamos al despeñadero, que no estamos construyendo un orden social armónico para propiciar un futuro mejor para nuestros hijos, mantenemos esa indiferencia que nos hace actuar como borregos ante la forma en que toda nuestra institucionalidad ha sido secuestrada por los poderes fácticos que no se contentaron con prostituir la democracia para convertirla en pistocracia, sino que han puesto toda la estructura del Estado al servicio de sus intereses.
En este día mundial dedicado a los niños con Síndrome de Down, bien haríamos todos en estudiar un poco lo que significa exactamente desde el punto de vista genético, pero más que eso, procuremos conocerlos para entender que lejos de ser seres aberrantes como es de aberrante nuestra sociedad, son verdaderos ángeles que Dios pone en la Tierra para que no nos olvidemos de lo que es la bondad, el amor y la alegría.