Estamos desarrollando en las columnas de estos viernes, la vida y obra musical de Claudio Debussy. Estas columnas, como el resto de mi vida es un tributo a Casiopea dorada, amapolita de trigo fresco y enhiesto, agua de luceros y rosa fresca, que ha crecido dentro de mi pecho, como dulce trino, como luz conquistando lo lejano, como suave fruto florecido en su pulpa más honda. Mar danzante en constelación de Marte, tan afiligranada como la música impresionista de estos tiempos.
En esta ocasión veremos los años de estudios de Debussy en el Conservatorio de París.
El compositor ingresó al Conservatorio de París en 1873 y permaneció allí once años.
La primera clase en la que se matriculó fue la llamada clase de solfeo, por la que es famosa esta escuela. En ninguna otra institución musical es tan riguroso el curso de educación del oído.
Se exige a los estudiantes no meramente cantar a primera vista y transportar fácilmente, sino analizar y reproducir cualquier textura armónica o contrapuntística antes de haber adquirido, en el estudio de la armonía, los métodos empíricos de coordinar las partes. Lavignac, el maestro, era un músico erudito que introdujo incidentalmente a Debussy a la música de Wagner, tocándole, una tarde de invierno, la obertura de Tannhauser. Sea lo que esto significara para el joven, no debió tener la menor conciencia del conflicto que Wagner había de producir más tarde en su desarrollo musical, del que había de brotar por último, su estilo personalísimo. Debussy permaneció cuatro años en la clase de Lavignac y en los exámenes anuales alcanzó el tercero, segundo y, finalmente, el primer premio.
Marmontel era el maestro de piano de la clase a la que asistía al mismo tiempo. En su opinión, Debussy no era uno de sus mejores discípulos. «No le gusta mucho el piano; lo que le gusta es la música», dijo una vez. Sin embargo, en 1877 Debussy ganó el segundo premio con el primer movimiento de la Sonata en Sol de Schumann, y sus padres podían aún esperar la carrera de un virtuoso.
Pero los dos años siguientes fueron decepcionantes. No recibió premio en ninguno de los exámenes anuales, y aquellas esperanzas tuvieron que ser abandonadas.
Las primeras inclinaciones musicales de Debussy, según refiere su íntimo amigo Paul Vidal, revelan el casi olvidado mundo musical del París de 1870, dominado por la ópera cómica. Los compositores de moda eran Offenbach, Pesard y Delibes.
En la clase de Marmontel se tocaba mucho Chopin y Schumann y varias obras de Stephen Heller y Alkan. A Debussy le gustaba mucho Berlioz y también Lalo, cuya Namouna le arrancó tales manifestaciones de entusiasmo en la Opera, que le echaron fuera.
Le gustaba mucho Ernest Guiraud, su futuro maestro de composición, Pessard, cuyo Capitaine Fracasse, popular ópera ligera le deleitaba, Delibes y Saint-Saens. César Franck le gustaba en cierta medida. Abominaba de Beethoven, pero solo, según decía, por la razón de que Marmontel había puesto las palabras sentimentales «O mere, douleur amere» al rondó de la Sonata Patética.