Juan B. Juárez
Actualmente en la galería Die Augen está abierta la exposición Uroboros de la pintora argentino-costarricense Blanca Fontanarrosa. Se trata de una pintura abstracta cuya ejecución, aparentemente muy libre y desapegada de todo formalismo estrecho, está acorde con el exaltado sentimiento que le exige su tema entre místico y filosófico o, en todo caso, hermético-simbólico. El Uroboros, en efecto, es aquel símbolo antiquísimo que aparece en algunas culturas con la forma de una serpiente enroscada o de un dragón que se muerde la cola y, en otras, como un simple círculo; y que, relacionado con la alquimia, ha sido interpretado como símbolo de cambio y la transformación y, relacionado con la filosofía esotérica, como signo del movimiento, del eterno retorno, el infinito y el concepto cíclico del tiempo circular.



Tales referencias simbólicas funcionan como una especie de poética particular que explica las intenciones conscientes de la artista, y hacen alusión a un estado de ánimo (espiritual) que primó durante su ejecución y que debe igualmente primar durante su contemplación. En otras palabras: es ese estado de ánimo lo que propiamente constituye el contenido de la comunicación estética que propicia la obra, y que, según la artista, es el objetivo de su trabajo creativo. Sin embargo, ya Umberto Eco %u2014que fue el que acuñó el concepto de poéticas particulares, a la par del concepto de obra abierta, como clave para la interpretación crítica del arte moderno%u2014 nos prevenía contra las racionalizaciones que hacen los artistas sobre sus intenciones estéticas.; de manera, pues, que, en el caso de la pintura de Blanca Fontanarrosa, no debemos conformarnos con las declaraciones de la artista, por lúcidas y poéticas que nos puedan parecer.
El asunto es que el espectador no necesita de esas referencias herméticas a la hora de interpretar la obra de Fontanarrosa. En efecto, su pintura causa un impacto muy fuerte y sus cuadros imponen poderosamente su presencia que al espectador le resulta más inmediato y provechoso explicárselos de otra manera: situándolos dentro de la tradición a la que pertenecen y, desde allí, realizando el análisis formal y semántico que esté más cerca de su sensibilidad, de sus habilidades interpretativas y de sus capacidades metafóricas. La filosofía que la artista superpone a su obra explicaría, por ejemplo, el valor simbólico de ciertos colores y de ciertas tonalidades precisas en el contexto dogmático de esa visión del mundo, pero el conocimiento (o la ignorancia) de esas especificidades simbólicas no le agrega placer a la contemplación, profundidad a la interpretación ni poder comunicativo a la obra. El impacto que produce su pintura proviene de otra fuente.
Por ejemplo, la energía que comunican %u2014y no sólo expresan%u2014 sus cuadros proviene del movimiento corporal total concentrado en el gesto y la decisión con que la artista aplica la pintura. Tal movimiento, decidido y preciso, implica necesariamente un ritmo que, violento o cadencioso, deja sobre el lienzo no sólo la materia pictórica y extra pictórica que arrastra sino también el rastro fulgurante y circular de un cuerpo humano que se mueve con la plenitud de sus alcances físicos. Por supuesto que ese gesto elemental y primario, toda vez que no está hecho sobre el vacío y que es producto de una decisión, desata, además de la energía, una serie de significados que contrastan, por un lado %u2014sobre todo en nuestro medio%u2014 con las formas tradicionales de pintar y destacan la libertad expresiva o mejor dicho todo lo que tal libertad implica y compromete.
En este punto de mi exposición, Blanca Fontanarrosa podría oponerme ¿No es acaso eso lo que el Uroboro significa?