Durante el transcurso de mi trayectoria laboral he tenido la fortuna de trabajar a la par o bajo las órdenes de personas que han dejado profunda huella en mi vida, entre quienes se cuentan los fallecidos periodistas Héctor Cifuentes Aguirre y  Pedro Pérez Valenzuela, en los extintos diarios El Gráfico y El Imparcial, y el economista y escritor Carlos H. Alpírez P., quien fue gerente y presidente del Banco de Guatemala, para mencionar tres nombres, antes de citar otro más.
 Cabalmente cuando yo ocupaba un cargo de segunda o tercera categoría en la banca central, fui llamado por el entonces presidente Vinicio Cerezo a fungir de secretario ejecutivo de la que se denominó Comisión Nacional de Reconciliación (CNR). Corría el año 1987. Fue cuando conocí a los obispos Rodolfo Quezada Toruño y el malogrado don Juanito Gerardi, representantes de la Conferencia Episcopal de Guatemala ante esa instancia.
 El entonces obispo de Zacapa presidía la CNR y por ello mismo manteníamos constante relación personal, de manera que durante los siguientes tres años y medio cultivamos respetuosa amistad, basada sobre todo en la estrecha confianza que el ahora cardenal me dispensó, especialmente cuando llegó el momento en que la CNR inició los contactos con la dirigencia de la URNG, entonces en la clandestinidad, para encontrar puntos de convergencia que pudieran poner fin a la guerra interna.
Recuerdo muy bien la serie de incidentes ocurridos previo a la firma del Acuerdo Básico para la Búsqueda de la Paz por Medios Políticos -que constituyó la puerta que abrió la ruta para concluir con el conflicto armado interno- que suscribieron dirigentes de la URNG y los tres delegados de la CNR en representación del Gobierno: el político Jorge Serrano Elías (quien sucedió a Cerezo), el abogado Mario Permuth y este columnista en su calidad de secretario de la Comisión y por expresa voluntad de monseñor Quezada, en Oslo, marzo de 1990. El resto es historia, cuyos detalles guardo manuscritos.
Durante el lapso que fungí en el cargo mencionado, me enteré de primera mano de los esfuerzos, la paciencia, el valor, la tolerancia y el amor del cardenal Quezada para superar los obstáculos que con frecuencia surgían espontánea o deliberadamente encaminados a entorpecer el proceso ligado a poner fin a la guerra interna que enlutó a cientos de miles de familias guatemaltecas. Â
Después, cuando el obispo de Zacapa fue nombrado arzobispo metropolitano escribí un artículo en el que, conociendo sus antecedentes, pronosticaba que sería el próximo cardenal de Guatemala. Así sucedió, obvio es decirlo. Durante el tiempo que ha estado al frente de la arquidiócesis capitalina, el arzobispo Quezada siempre ha estado dispuesto a mediar en conflictos sociales y ha sostenido la misma posición en defensa de las clases más vulnerables y oprimidas.
 Al jubilarse, mi saludo respetuoso a Monse, como le decía la recordada Tere de Zarco.
 (El feligrés Romualdo Tishudo cita Proverbios, cap. 14: -Bienaventurado el que tiene misericordia de los pobres).