Bestiario del poder


Eduardo_Villatoro

Al leer sin mayores treguas el libro al que me referiré en líneas posteriores, acuden a mi memoria nombres de compañeros de mi generación y colegas más maduros y de otros de menor edad que fueron asesinados u objetos de la represión indiscriminada ejercida por los gobiernos militares, y aquellos otros que fueron ejecutados por la insurgencia.

Eduardo Villatoro


Cuando abro las primeras páginas del libro Bestiario del poder, impreso por F&G Editores y auspiciado por el diario digital guatemalteco Plaza Pública, dirigido por el acucioso Martín Rodríguez Pellecer, me encuentro con un par de líneas que pese a su brevedad las asumo con profundo significado para los periodistas que nos dedicamos a este oficio desde la década de los 60 del siglo pasado.

   La lacónica dedicatoria dice: A nuestros colegas y a quienes se fajaron para que hoy podamos escribir con libertad. ¡Y vaya si no es cierto! en lo que atañe a todos aquellos compañeros que fueron asesinados o desaparecidos por oscuros grupos de poder que operaban al amparo o a las órdenes directas de las cúpulas militares, mientras que muchos otros corrimos mejor suerte al huir del país, abandonar temporalmente el periodismo o sujetamos a la autocensura.

   Varios de los que buscaron la protección de gobiernos amigos retornaron al cabo de décadas, en tanto que otros sólo soportamos el exilio forzado durante por poco tiempo y algunos ya no retornaron nunca más, y si acaso visitan a sus parientes que les sobreviven durante cortas semanas, como el estimado camarógrafo Augusto Ovalle, para mencionar un caso, quien acaba de estar en Guatemala, pero ya integrado en sus labores de siempre regresó a California, o  mi entrañable amigo Alfredo Saavedra, residente en Canadá, quien desde hace lustros se ausentó de su patria.

   Vienen a mi memoria los nombres de Mario Monterroso Armas, José León Castañeda, Marco Antonio Cacao, Enrique Salazar Solórzano e Irma Flaquer, para mencionar algunos de los más emblemáticos, que perdieron la vida violentamente por defender causas populares y ser calificados  de “terroristas subversivos”; y también podría mencionar a tantos otros que fueron acosados, perseguidos, intimidados y amenazados.

   No debo omitir los nombres de periodistas de línea conservadora que, para entonces, ya eran de la tercera edad y que fueron ejecutados por comandos de la insurgencia, entre los cuales Mario Ribas Montes e Isidoro Zarco; pero todos, tanto los primeros, como lo otros, fueron víctimas de la intolerancia y el fanatismo de los bandos en pugna, aunque los más vulnerables eran simples reporteros de medios impresos, o que destacaron en radioperiódicos que se identificaban con las clases populares y que a la sazón se constituyeron en arrojados portavoces de las sectores oprimidos.

   Esos periodistas y muchos otros más cuyo listado de nombres es imposible mencionar, con su sangre, sacrificio, esfuerzo, coraje y en aras de la libertad de expresión del pensamiento, contribuyeron en gran medida a abrir espacios para que las nuevas generaciones de periodistas, como los que conforman Plaza Pública, puedan ahora escribir y publicar análisis, comentarios, crónicas y otros géneros periodísticos, trabajo que realiza el citado grupo que ha recopilado en un volumen reportajes, perfiles y entrevistas que “permiten al lector asomarse a algunas de las personalidades que dominarán el escenario político en los próximos cuatro años”.

   Forman parte de los nuevos periodistas obligados a suceder a los que vamos de salida, ejerciendo su labor con responsabilidad, dignidad y habilidad en un ambiente diferente al de otrora. ¡Enhorabuena!

   (El veterano columnista Romualdo Tishudo pregunta a un desaliñado reportero:-¿Qué fuentes cubrís? El muchacho responde: -Soy experto en Freelance -¡Ah…. como quien dice “en lo que caiga”).