En el país de los pícaros, el mayor truhán es el rey. Para comprender la grotesca política italiana nada mejor que reproduzca aquí una desternillante anécdota que me contó en Roma el corresponsal de LA RAZí“N en Italia. Su recuerdo aún me provoca carcajadas: un diplomático japonés fue «asaltado» en un café de la grandiosa Piazza Navona con una cuenta de 98 euros por un capuccino. Extrañado por el desorbitado precio, el cliente pidió explicaciones al camarero, del que no obtuvo más que un aluvión de improperios e insultos de todo tipo. Tras una acalorada discusión, el turista nipón logró rebajar el precio del café hasta los 50 euros. Un atraco a mano armada, pero menos. Sin embargo, cuando días después observó el cargo en su tarjeta de crédito, comprobó alucinado que el camarero le había cobrado escrupulosamente los 98 euros que desde el principio pretendía birlarle. Así es Italia en esencia y sólo así se entiende que Berlusconi gobierne, enmierdado como está por los escándalos de sus negocios y de la cohorte de prostitutas de lujo que lo acompañan.
periodista y analista político, hmontero@larazon.es
El «gondolero» de la política europea, adicto a los requiebros desfasados, es probablemente el político en activo cuyo nombre aparece en más procesos judiciales, en torno al centenar, sin que haya sufrido una sola condena en firme. Il Cavaliere, nacido en Milán un 29 de septiembre de 1936 en el seno de una familia de clase media, ha burlado cuantos obstáculos le presentó el destino con una mueca pícara cuyo significado sólo él conoce. Así hasta atesorar una fortuna personal que supera los 6 mil millones de euros, la mayor de Italia y la 70 del mundo, según el ranking Forbes de 2009. Coleccionista de empresas, mujeres y medios de comunicación, Silvio, el primero de los tres hijos de un banquero vinculado -a sabiendas o no- a la mafia, tiene además dos grandes aficiones: el futbol y la política. Propietario del equipo más laureado y odiado de Italia – el AC Milan- y líder del centroderecha transalpino, atesora además dos discos de baladas románticas, un marcapasos, dos ex mujeres y una lista interminable de enemigos declarados: jueces, feministas, cadáveres políticos a diestra y siniestra, periodistas y comediantes incómodos, y centenares de empresarios a los que derrotó con todas las artes en su poder en su búsqueda por vivir en una permanente orgía de poder que le haga sentirse eternamente joven.
Cuando nadie pensaba en su regreso, emergió recauchutado en 2008, asido a una peluca rubia platino que él mismo colocó hace tiempo a la calva fortuna, la diosa convertida para él en neumática velina desde que fundara su imperio allá por los 60. En un país ingobernable y anestesiado, capaz de convivir con 28 gobiernos en 30 años, cómo no iba a retornar triunfante el bronceado líder que ha comandado el Ejecutivo más duradero desde la Segunda Guerra Mundial (tres años y diez meses, todo un récord). Desde entonces, Berlusconi hace y deshace a su antojo en el país de los ancianos coquetos (el más envejecido de Europa y el segundo del mundo, tras Japón). Protagonista de anécdotas memorables (como los cuernos que pone en las fotos oficiales) y autor de frases antológicas -«Occidente seguirá conquistando pueblos», «Mussolini no mató a nadie, mandaba a los opositores de vacaciones», «no hay tanto gilipollas que vote a la izquierda» o la célebre «no hay otro político en Europa con más cojones que yo»- todo en él es desmedido, exagerado, cómico. Hasta para ser agredido por un loco que le ha levantado dos dientes con una réplica metálica de la catedral de Milán.
El execrable ataque ha dado la vuelta al mundo y demuestra dos cosas: qué ningún político es libre para ir por la vida con aires de «sheriff» y que el mundo está lleno de pirados capaces de todo por un minuto de gloria. Como Berlusconi, otros líderes chulescos que se creen indestructibles pueden correr la misma suerte. Cualquier día a Chávez le estampan un coco en la cabeza en plena rueda de prensa -al estilo del zapato volador de Bush- en una agresión que será vendida como «atentado financiado por los halcones de Washington y el imperio de Darth Vader»-. La política ha de ser comedida, contundente cuando sea estrictamente necesario y, ante todo, debe generar la menor bronca posible. Ni tan tibia como la de Zapatero ni tan agresiva como la Chávez. Y como en el término medio está la virtud, déjenme acabar con otro dicho: «quien siembra vientos, recoge tempestades». Aquí, en Guatemala y en la China.