El nombre que le da título a esta opinión no alude a los clásicos resbalones que en los cuatro años de administración nos acostumbró el Presidente de la República; sino a uno de esas decisiones institucionales que ya no sabe uno si soltar un intento de risa que nos desfigure el rostro por largo rato, o por el contrario echar mano de los ahorros de tristeza que hemos acumulado con algunos de nuestros muertos recientes o lejanos, todo para permitirnos un ratito de llanto, un poquito de tristeza por tener lo que merecemos. Y es que al parecer no basta con la hipótesis que a diario se comprueba, demostrando que el linaje del guatemalteco es de los aguantadores, similares a esa marca de carros que aconseja «no lo maneje, maltrátelo» o emulando el estilo del maistro Quiroga a quien se le permitiría decir que somos marca talishte o tayuyo, en referencia a ese aguante tan prolongado que al parecer no provoca respuesta de la gente.
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Si usted ha llegado hasta este punto de la lectura tiene todo el derecho de preguntarse ¿qué jodidos tiene que ver lo anterior con Berger y la escuela de magos? La respuesta es que existe una alta probabilidad que entre las últimas ideas que maquina dejar el Presidente en su legado se encuentra edificar una gran escuela de magos, por que es la única fórmula que en lo particular se me ocurre para entender la decisión que tomó en el tema del aumento al salario mínimo.
O es que acaso no habría que ser una especie de mago para poder vivir, no sobrevivir, en las condiciones actuales del mercado y su espiral inflacionaria contrapuesto con el aumento de Q80, que según el Acuerdo Gubernativo publicado el lunes pasado, es la medida para que el trabajador nacional no pierda capacidad de adquisición de su salario, (y no nos extrañe que como es costumbre que luego de los aumentos por decreto venga un reajuste en los precios que encarezca más la vida) medida que no debería de sorprender si se toma en cuenta que ya en múltiples ocasiones Berger había dejado clara su postura empresarial de oponerse a los aumentos por la vía que la ley señala cuando no se logran consensos en la comisión de salario mínimo. En este punto es fundamental recordar en quien recae la responsabilidad de negociación y el respaldo social que este grupo recibe como para ser tomados en serio.
Aquí y ahora no existe una organización laboral que sea la fuerza detrás de las mesas de diálogo, no se juega a nada porque la representatividad no existe, el trabajador por buscar su sobrevivencia no se entera del poder que unidos representaría, esa es la eterna derrota del movimiento. No podemos pensar en movilizaciones y medidas de presión para encontrar reivindicaciones justas porque somos una horda, no un pueblo, ya que carecemos de la organización. Seguramente en nosotros pensaba Vallejo cuando escribió que hay golpes que «abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en lomo más fuerte», pero todo en silencio.