Benedicto XVI: Sacramentum caritatis


POR EDUARDO BLANDí“N

Sacramentum caritatis (el sacramento de la caridad) es una exhortación apostólica postsinodal que reflexiona, como dice su largo tí­tulo, sobre la «eucaristí­a como fuente y culmen de la vida y la misión de la Iglesia».  Un documento de esta naturaleza tiene la intención de recoger las principales ideas de un sí­nodo (reunión de obispos en torno a un tema) y proponerlo a los fieles.


El documento se divide en tres partes.  La primera se titula «Eucaristí­a, misterio que se ha de creer».  En este apartado, el Papa expone las bases bí­blicas del sacramento y su valor en el crecimiento espiritual de los fieles.  Los subtemas son evocativos: Santí­sima Trinidad y Eucaristí­a; Eucaristí­a: Jesús, el verdadero Cordero inmolado; El Espí­ritu Santo y la Eucaristí­a; Eucaristí­a e iniciación cristiana; Eucaristí­a y sacramento de la Reconciliación; y Eucaristí­a y Unción de los enfermos.

El punto central de la primera parte, que es también el leitmotiv del documento, es la afirmación de que la Eucaristí­a es fundamental en la vida de los fieles.  Por encima de todo, la Iglesia repite con convicción de que no puede haber cristiano sin Eucaristí­a.  Digamos que esto es parte de la naturaleza esencial del cristianismo católico.  De hecho, desde los orí­genes si hay algo que recoge la historia de la Iglesia son las reuniones de los primeros cristianos para «compartir el pan».

La Eucaristí­a se celebra en comunidad, hace Iglesia, da fuerza en la debilidad y se convierte en viático para la vida eterna.  Los mismos santos en cualquier hagiografí­a testimonian el amor al «Pan de Vida».  Son ellos quienes pasan horas entretenidos, conversando con Jesús Sacramentado, adorando al Dios hecho carne, presente a través de las especies del Pan y el Vino.  En consecuencia, no se puede ser santo sin Eucaristí­a.

«La Eucaristí­a es «misterio de la fe» por excelencia: «es el compendio y la suma de nuestra fe». La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarí­stica y se alimenta de modo particular en la mesa de la Eucaristí­a.  La fe y los sacramentos son dos aspectos complementarios de la vida eclesial. La fe que suscita el anuncio de la Palabra de Dios se alimenta y crece en el encuentro de gracia con el Señor resucitado que se produce en los sacramentos: «la fe se expresa en el rito y el rito refuerza y fortalece la fe»».

En la segunda parte, el Papa exhorta a los fieles a celebrar la Eucaristí­a.  Pone especial énfasis en lo relativo a la liturgia, a la exigencia de los fieles en asistir a la misa y celebrar -dar gracias a Dios- por los dones recibidos de su bondad.  No deja de dar recordar a los fieles lo importante que es encontrar el sentido de los sí­mbolos litúrgicos: el valor de la homilí­a, la presentación de las ofrendas, la plegaria eucarí­stica, el rito de la paz, la recepción de la hostia y la despedida (el «Ite missa est»).

Un cristiano que no comprende el rito eucarí­stico y que no participa con alegrí­a en la celebración no celebra como se debe el sacramento.  Es un cuerpo sin alma.  Por eso el texto insiste en la importancia del canto, la participación activa en las oraciones y el cuidado de la Iglesia.  La Eucaristí­a es una fiesta, por tanto, debe haber signos que representen esa realidad.

Una catequesis mistagógica por parte de los encargados del culto siempre es importante para que los cristianos puedan entender el valor de los gestos y los signos.  El Papa afirma que «se ha de promover una educación en la fe eucarí­stica que disponga a los fieles a vivir personalmente lo que se celebra (…).  A este respecto, los Padres sinodales han propuesto unánimemente una catequesis de carácter mistagógico que lleve a los fieles a adentrarse cada vez más en los misterios celebrados».

La Sacramentum caritatis, en este capí­tulo también hace una reflexión sobre la arquitectura de las Iglesias y el lugar del Sagrario en la iglesia.  El propósito es que las Iglesias permitan un lugar de adoración donde quienes decidan orar no sean interrumpidos y que otros, por descuido, no respeten los espacios sagrados.

«Es necesario que el lugar en que se conservan las especies eucarí­sticas sea identificado fácilmente por cualquiera que entre en la iglesia, gracias también a la lamparilla encendida.  Para ello, se ha de tener en cuenta la estructura arquitectónica del edificio sacro: en las iglesias donde no hay capilla del Santí­simo Sacramento, y el Sagrario está en el altar mayor, conviene seguir usando dicha estructura para la conservación y adoración de la Eucaristí­a, evitando poner delante la sede del celebrante.  En las iglesias nuevas conviene prever que la capilla del Santí­simo esté cerca del presbiterio; si esto no fuera posible, es preferible poner el Sagrario en el presbiterio, suficientemente alto, en el centro del ábside, o bien en otro punto donde resulte bien visible.  Todos estos detalles ayudan a dar dignidad al Sagrario, del cual debe cuidarse también el aspecto artí­stico».

En la última parte de la exhortación apostólica, que Benedicto XVI titula «Eucaristí­a, misterio que se ha de vivir», su santidad invita a los cristianos a vivir en clave eucarí­stica.  Se trata de una vida orante, siempre en unión con Dios, para dar frutos cristianos.  Sin una vida de esta naturaleza es imposible perseverar en el bien.  La Eucaristí­a consiste, según la visión cristiana, en la clave para encontrar fuerzas para  superar el mal.  El pecado precisamente proviene cuando la vida espiritual, eucarí­stica, se ha descuidado.

Por esto, es inconcebible que un cristiano no celebre la misa los domingos.  Los Padres sinodales reafirman que «perder el sentido del domingo, como dí­a del Señor para santificar, es sí­ntoma de una pérdida del sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los hijos de Dios».  Según el Papa debe recuperarse el sentido del domingo como dí­a del Señor.  El domingo, dice, es dí­a de descanso y debe santificarse.

Finalmente, el Pastor de la Iglesia insiste en el carácter misional de la Eucaristí­a.  El sacramento, explica, no debe recibirse sólo para un gozo interior espiritual, sino que debe hacernos disponibles al prójimo (de aquí­ lo misional).  Dios nos enví­a a todo el mundo a evangelizar a los pueblos y anunciar la buena nueva del Reino de Dios.  La Eucaristí­a da la fuerza para profetizar con valentí­a.  Aquí­ debe hablarse que el resultado de la oración eucarí­stica no sólo debe hacerme más mí­stico, sino también mucho más ascético y dispuesto al sacrificio.

«La «mí­stica» del Sacramento tiene un carácter social (?).  No puedo tener a Cristo sólo para mí­; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán.  A este respecto, hay que explicitar la relación entre Misterio eucarí­stico y compromiso social (?).  De esta toma de conciencia nace la voluntad de transformar también las estructuras injustas para restablecer el respeto de la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios».

En fin, se puede concluir que el presente texto eclesial es una invitación a los fieles a comprometerse más con Dios a través del prójimo.  Excelente documento para una reflexión de mitad de año.  Puede adquirirlo en Librerí­a Loyola.