Belice, o la pérdida de nuestra oreja


Nuestra imaginación es capaz de ver figuras humanas en todas partes, incluidas las nubes y los mapas. Yo, al ver la cartografí­a guatemalteca, siento pena imaginarme el territorio sin Belice dibujado, porque siento que -como a Van Gogh- le han cortado su oreja.

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

Con esa oreja, podí­amos escuchar sonidos que provení­an del Caribe profundo, un ambiente que aún es muy ajeno a nuestro paí­s tropical. En nuestro paí­s, pese a tener salida a dos océanos, aprovechamos muy poco los recursos marí­timos.

Con esa oreja beliceña, también, hubiéramos podido escuchar las historias de piratas en tiempos de la Colonia. Sí­, esos piratas que hicieron tambalear al Imperio Español, que por su necedad comercial y sus cerradas polí­ticas de relaciones exteriores, obligaron a sus vecinos a contragolpear en la ilegalidad de la piraterí­a.

La piraterí­a, entonces, era un interesante juego de poder. Las mismas coronas de Inglaterra, Francia y Holanda, intentaban establecer relaciones con España a nivel democrático, pero financiaban a los piratas para hacerse de los ricos productos de América. Habrá que aceptar, aquí­, que ese asunto de los piratas es apasionante.

Según dicen algunas fuentes -poco confiables, por cierto- Belice debe su nombre al pirata Wallace (fonéticamente /baliz/, en los sonidos filibusteros). Este personaje, al parecer, tuvo gran influencia en los primeros años de la presencia inglesa en ese territorio, por lo que el nombre se fue transmutando hasta ser lo que hoy es el nombre oficial de ese paí­s.

Hoy dí­a, sólo nos queda el Castillo de San Felipe y algunos vendedores de la Sexta Avenida, como muestra de la piraterí­a en el paí­s. Hoy dí­a, los vendedores de «piraterí­a» siguen ejerciendo el papel de contrapeso ante los reducidos espacios comerciales que deja caer la clase alta.

Pero volviendo a Belice colonial. En ese tiempo, a las autoridades españolas, poco o nada le importaba ese territorio; de hecho, la Corona firmó varias concesiones que de a poco restaban territorio a la capitaní­a general. En el momento de la independencia, nuestros torpes criollos -que poco sabí­an de comercio internacional y de relaciones exteriores- ni siquiera se percataron de Belice.

De hecho, la actitud criolla hacia el resto del territorio era despectiva; sólo les importaba la Meseta Central de nuestro paí­s. Por ello, el Reino de Guatemala -tras ser conocida así­ casi toda Mesoamérica- hoy dí­a casi sólo se refiere a un reducido espacio, relativamente hablando. Incluso, si no mal recordarán, por poco Guatemala aún se hubiera fragmentado con el Estado de los Altos, que hoy dí­a es una región pobre, como muestra de que poco o nada le interesan a nuestras autoridades que se centran en la capital.

Aceptar que Belice ya no es nuestro, es aceptar que el poder hegemónico en el paí­s falló estrepitosamente -así­ como falló descaradamente la Selección Nacional- en el intento de dar cohesión a todo el territorio. Belice, al igual que Petén, el occidente indí­gena, la Laguna del Tigre, Jocotán y Camotán, y otros que serí­a tedioso enumerar, han sido territorio sin importancia para los sectores poderosos del paí­s.

Belice representa la torpeza de nuestras autoridades coloniales que nos fue heredada y que hoy dí­a nos sigue lastimando.

Con Belice, perdimos mucho más que territorio. Perdimos una población acostumbrada a la resistencia cultural, que habla inglés en los actos oficiales, pero creole en su casa. Perdimos a excelentes músicos y deportistas. Perdimos a los mopanes, otro grupo con raí­ces mayenses. Perdimos a nuestras únicas islas, los cayos. Perdimos, simplemente. Ya no se puede recuperar, pase lo que pase. (http://diarioparanoico.blogspot.com)