Beethoven, o la perfección artí­stica


Precisamente ayer miércoles 16 de diciembre se cumplieron 239 años del nacimiento de Ludwig von Beethoven. Fue un genio de la música en quien la perfección artí­stica consumó su más asombrosa realización, y confirióle la calidad de ser inaudito milagro universal de potencia creadora. Algunos de sus grandes contemporáneos fueron los artistas musicales Haydn y Mozart; los filósofos Kant, Hegel, Fichte y Schelling; los poetas Goethe, Schiller y Hoelderlin, y el repentino cónsul e impredecible emperador Napoleón Bonaparte.

Luis Enrique Pérez

Con Beethoven termina la época más grandiosa de la música occidental, cuyos máximos creadores, además de Beethoven mismo, fueron Bach, Haendel, Gluck, Haydn y Mozart. Empero, fue Beethoven quien, en esa época única, transformó la música en la más poderosa expresión artí­stica. Adicionalmente, Beethoven demostró que la música podí­a ser la sí­ntesis de todas las expresiones artí­sticas, y que ningún otro arte podí­a desempeñar esa grandiosa función sintética. Cada obra de Beethoven es una totalidad en la que ninguna de sus partes es accidental, sino que todas ellas son igualmente esenciales. En algunas obras esa impresión de totalidad de partes esenciales es tan patente, que uno puede creer que jamás fueron creadas, sino que son obras eternas, que estaban ocultas en una insospechada región celeste, y cuyo hallazgo sólo podí­a ser obra de un ser humano dotado de un maravilloso privilegio divino.

La obra de Beethoven puede ser dividida en cuatro perí­odos. El primero es el perí­odo que tiene el nombre de la ciudad en donde nació, el 16 de diciembre del año 1770. Es el perí­odo de Bonn. La obra más notable de este perí­odo fue una cantata, cuyo motivo de creación fue la muerte del emperador José II. Beethoven tení­a 20 años de edad. En el año 1792, viajó a Viena. En esta ciudad comenzarí­a un segundo, tercero y cuarto perí­odo.

Durante el segundo perí­odo creó sonatas para piano, trí­os y cuartetos para cuerdas, que eran obras suficientes ya para incluirlo entre los más grandes artistas de la civilización occidental. Es el perí­odo del artista que tiene la certeza de que, con su genio poderoso y su formidable originalidad, creará un imperio artí­stico, que transformará la experiencia estética de la humanidad. Una obra ejemplar de este perí­odo es la primera sinfoní­a (Opus 15, en do mayor), preludio de un nuevo eón del arte universal. En este perí­odo comienza a padecer sordera, causada por otosclerosis de oí­do interno.

Empero, impredeciblemente, el genio musical de Beethoven se expandió de manera colosal. Hubo entonces un tercer perí­odo, durante el cual creó novedosas sonatas para piano, extraordinarios cuartetos para cuerdas e impresionantes obras sinfónicas. Es el perí­odo del héroe que crea su propio imperio artí­stico, en el que gobierna como glorioso monarca absoluto cuyos súbditos arriban a un insospechado universo. Obras ejemplares de este perí­odo son la quinta sinfoní­a (Opus 67, en do menor), y el quinto concierto para piano (Opus 73, en mi bemol mayor). La sordera ha avanzado.

La música de Beethoven y, con ella, toda la música, parecí­a haber llegado a su lí­mite, y parecí­a imposible que hubiera un cuarto perí­odo; pero lo hubo, cuando él ya padecí­a sordera total. Es el perí­odo final. Es el perí­odo del artista mí­stico, reconciliado con el mundo, purificado por el sufrimiento, solitario en su majestuoso y expandido imperio. Es el perí­odo del artista que ha conocido un prodigioso mundo superior. Una obra ejemplar de este perí­odo es la Missa Solemnis (Opus 123, en re mayor). Este perí­odo termina el 26 de marzo del año 1827, cuando Beethoven muere.

Post scriptum. Yo hubiérale dicho a Beethoven aquello mismo que el poeta Schiller le dijo al filósofo Kant: «Le expreso, excelente maestro, mi emocionado agradecimiento por la benefactora luz que ha encendido en mi espí­ritu. Ese agradecimiento, lo mismo que el regalo que usted me ha dado, no tiene lí­mites, y perdurará eternamente.»