Un día de estos un amigo me llamó para preguntarme si iba a ir a un compromiso social al cual él también estaba invitado para pasar por mí e irnos juntos. Como era larga la distancia por recorrer, aprovechamos el tiempo para comentar la difícil situación en que nos tiene la clase política, la que en mala hora le permitimos llegar al poder. En ese lapso pude observar que un par de veces bajó el vidrio de su portezuela para tirar un envase vacío de agua potable y desechar la cajetilla de cigarrillos, pues se trata de un empedernido fumador, también se pasó en rojo dos semáforos y que cuando se cambiaba de carril no utilizaba las luces indicadoras para advertir de su maniobra al conductor que viniera detrás.
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Lo anterior lo cuento no por chismoso, sino para evidenciar el mal hábito chapín de solo quejarnos, como de subrayar lo malo que hacen otros, pero pésimos para cumplir con nuestros deberes. Y es que somos excelentes para señalar los errores de los demás y magníficos críticos para resaltar los defectos o anomalías que se cometen pero, ignoramos por completo las responsabilidades que nos corresponde asumir. En el caso que les conté, repetidamente escuché señalamientos de mi amigo para el alcalde Arzú, entre otros, que tenía la ciudad hecha un asco, como que el tránsito de vehículos era desordenado e inseguro.
Pero el tema de conversación que más acaparó nuestra atención fue la desfachatez de los diputados al asistir a dos consecutivas sesiones del Congreso solo para escuchar y aprobar actas de sesiones anteriores, llenando así el requisito de asistencia obligatoria para cobrar completas las dietas de diciembre 2013, pues el resto de días lo emplearían para disfrutar de un “merecido” descanso y pasar bien las fiestas de fin de año. Aproveché ese momento para preguntarle a mi amigo: ¿qué has hecho para evitar llevar mayoritariamente al Congreso a politiqueros que solo buscan satisfacer sus intereses personales? La respuesta fue llana y sincera: ¡nada! Aunque no desperdició la oportunidad para quejarse: ¿Pero qué puedo hacer para evitarlo?
-Yo creo que mucho, respondí, porque estoy seguro que si la mayoría de guatemaltecos nos uniéramos en una campaña cívica para reformar la ley electoral, de tal manera que pudiéramos elegir directamente solo a candidatos honestos, idóneos y capaces para no votar más por símbolos partidarios, lo que ha significado elegir a una partida de pícaros; también prohibir más de una reelección, como exigir el cumplimiento de sus deberes a través de establecer el derecho ciudadano para que, a la mitad del período para el cual fuera electo el diputado, si fuera necesario pudiéramos revocarle el mandato conferido. Solo así, podríamos sentar las bases para reconstruir nuestra democracia y evitar padecer las funestas consecuencias que a todos consta. ¿Por qué solo ver la paja en el ojo ajeno?